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19 de ene de 2026 Investigación Estrategias socioculturales y políticas hacia la sustentabilidad ambiental de los territorios como patrimonio y derecho social en el marco de la transición energética justa. Estudios de caso: Movimiento Ríos Vivos Colombia y Organizaciones Ambientales de Risaralda (2025-2027) Conoce todas las actividades, resultados y productos de la investigación "Estrategias socioculturales y políticas hacia la sustentabilidad ambiental de los territorios como patrimonio y derecho social en el marco de la transición energética justa. Estudios de caso: Movimiento Ríos Vivos Colombia y Organizaciones Ambientales de Risaralda (2025-2027)"- Proyecto 2-25-2- realizada en el marco de la Convocatoria Interna de la Universidad Tecnológica de Pereira del año 2024. En: https://www.iespautp.com/proyectoutp2025-2027 VER MÁS 3 de nov de 2025 Participación de IESPA en el curso Extractivismos, alternativas y transiciones En el marco de la investigación "Estrategias socioculturales y políticas hacia la sustentabilidad ambiental de los territorios como patrimonio y derecho social en el marco de la transición energética justa. Estudios de caso: Movimiento Ríos Vivos Colombia y Organizaciones Ambientales de Risaralda", la Línea de Investigación en Estudios Socioculturales y Problemática Ambiental (IESPA) participó en el Curso Extractivismos, alternativas y transiciones organizado por el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en la ciudad de Bogotá. VER MÁS 11 de sept de 2025 Ponencia de IESPA: Estrategias en defensa del territorio en el marco del extractivismo de la transición energética En el marco de la investigación "Estrategias socioculturales y políticas hacia la sustentabilidad ambiental de los territorios como patrimonio y derecho social en el marco de la transición energética justa. Estudios de caso: Movimiento Ríos Vivos Colombia y Organizaciones Ambientales de Risaralda", la Línea de Investigación en Estudios Socioculturales y Problemática Ambiental (IESPA) presentó la Ponencia: Estrategias en defensa del territorio en el marco del extractivismo de la transición energética en el Evento de Vida Académica, organizado por de la Escuela de Ciencias Sociales Artes y Humanidades (ECSAH) de la UNAD. VER MÁS 21 de ago de 2025 Encuentro “Investigaciones socioculturales en el marco de la problemática ambiental del territorio" - Asimetrías de poder en la transición energética. Caso Hidroituango, la represa más grande de Colombia En el marco del proyecto de investigación "Estrategias socioculturales y políticas hacia la sustentabilidad ambiental de los territorios como patrimonio y derecho social en el marco de la transición energética justa. Estudios de caso: Movimiento Ríos Vivos Colombia y Organizaciones Ambientales de Risaralda", la Línea de Investigación en Estudios Socioculturales y Problemática Ambiental (IESPA) realizó el Encuentro “Investigaciones socioculturales en el marco de la problemática ambiental del territorio" - Asimetrías de Poder en la Transición Energética. Estudio de Hidroituango La Represa más Grande de Colombia, en la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad Tecnológica de Pereira. El Encuentro contó con la participación de líderes y lideresas sociales del Movimiento Ríos Vivos Colombia y de las Organizaciones Ambientales de Risaralda. VER MÁS 1 2 3 4 5 1 ... 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 ... 26
- El pasado 11 de junio la Línea de Investigación en Estudios Socioculturales y Problemática Ambiental se reunió en Marmato con los lìderes sociales de la Asociación de Mineros Tradicionales -ASOMITRAMA-, el Comité Cívico Prodefensa, el Cabildo Indígena Cartama y la Corporación para el Desarrollo Social Sostenible de Marmato –CODESSMA-, para hacer entrega y socializar el concepto presentado a la Corte Constitucional frente a la Acción de Tutela realizada por cuatro mineros tradicionales de este municipio. | IESPA
ATRÁS Socialización del concepto presentado a la Corte Constitucional frente a la acción de tutela realizada por cuatro mineros tradicionales de Marmato. 13 de jun de 2016 El pasado 11 de junio la Línea de Investigación en Estudios Socioculturales y Problemática Ambiental se reunió en Marmato con los lìderes sociales de la Asociación de Mineros Tradicionales -ASOMITRAMA-, el Comité Cívico Prodefensa, el Cabildo Indígena Cartama y la Corporación para el Desarrollo Social Sostenible de Marmato –CODESSMA-, para hacer entrega y socializar el concepto presentado a la Corte Constitucional frente a la Acción de Tutela realizada por cuatro mineros tradicionales de este municipio. Además, en el marco del proyecto "Estrategia para la apropiación social de las problemáticas ambientales mineras desde la perspectiva sociocultural entre la Facultad de Ciencias Ambientales y las organizaciones sociales de Marmato (Caldas)" se concertó la realización de un taller en el mes de julio. ANTERIOR SIGUIENTE
A CIELO ABIERTO (14)
- CAPÍTULO I
Cuando el tiempo aguarda y el silencio quema. Cuando la distancia apaga y el vacío apremia. Despertaba, se bañaba con preguntas y se vestía con la niebla. En la cima de aquel rostro, casi olvidado, se ausentaban las palabras desnudando la presencia de esa alma esquiva ante presentes inmediatos. Los vahos de un invierno invadían sus ventanas, mientras grisáceos atardeceres se precipitaban sobre las calles apenas llegaban las seis. Sin sobresaltos ni cobijos apretaban los días, la estrechez cansina de esa vida que entre sus eternos preludios se perdía. Estaba dispuesto, entre tanto, a manejar sus cordeles, a mirar sin mirar, y a colocar alfileres en las comisuras de sus labios. La mañana parecía buena ante la indiferencia de todos, con lugares comunes suficientes para defender su rutina. Un “sensato progresista” se decía, “libre pensador” en sus adentros así nadie sus sueños conociera. Justificaba con su adormilada paz conformista, incertidumbres y reclamos aparecidos más allá de su lecho. Su escritorio en el trabajo lo esperaba, como también la siempre ordenada pila de papeles. Leer y separar, sellar y enviar, eran las tareas que le permitía a esa minúscula oficina, copar los temores de tantos como él. Una oficina, un mundo, ocho horas consuetudinarias convirtiéndose en miles... iban dejando su rastro entre los cabellos canos, arrugas en la frente y entre esperanzas aplazadas. --- ¿Cómo te va, doctorcito? Se escuchaba. --- ¿Dispuesto a estampar la firma indeleble en cada nueva petición? Eso sí se llama trabajar con juicio: ¡Viva Colombia! Le gritaba su colega. --- ¡Tome ejemplo, mijito! Le venía diciendo desde hace ya unos quince años, respuesta que, por lo demás, sobraba pues gracias a ese seguir su ejemplo podían mantener su “importante” posición. La sonrisa y el tono de su palabra no estaban del todo mal, así su compañero de jornada las conociera de antemano. Sobre su cabeza las moscas, como buitres, rodeaban su puesto de trabajo. Tomaba indiferente su esfero con un movimiento apático intentando impedir su postrer descanso en el papel. ¿Qué podría ser más blanco? ¿Su futuro postergado o esa carta que, quizás, no escribiría jamás? “Buenas tardes, Dr. Eduardo, gerente de la compañía “Químicos Lozano”. Después de haber tenido la fortuna de laborar en su empresa a lo largo de casi dos décadas, lamento comunicarle que...” No, no,... sonaría mejor escribir entonces: “Con un agradecimiento profundo y contra mi voluntad, espero pueda comprender mi decisión...” No sería más decente confiar en un sentimiento compartido y señalar aun claramente: “Luego de haberme batido mil veces contra mi cobardía, me alegra darle a conocer, sin enfado alguno, mi renuncia a su burocrática organización...” Ante esta idea y tras tres líneas dibujadas, estaba atónito: sabía que ese párrafo no terminaría con un punto final, ni siquiera merecería un punto aparte. El esfero continuaba en su mano urgente para firmar... los documentos de siempre. Cantidades desconocidas intocables para sus manos, direcciones por siempre esquivas para su vista, nombres repetibles como se repetían los días. Las horas también avanzaban portando su alimento, a mediodía, fuera de su oficina de trabajo. El ruido del tránsito entorpecía sus pasos, peatones atropellaban su libertad al caminar, el aire continuaba pesado y los minutos pasaban cada vez más raudos; ¿acaso un rayo de sol, acaso...? En aquellos momentos vagaba como una silueta que eludía los estertores de la sociedad. No le era concebible como podía mantenerse en pie. Una de las ciudades con más alto índice de desempleo del país, en una de las naciones con mayor injusticia y desigualdad del orbe. La pobreza y la inseguridad retaban los mejores estratos sociales, imposible refugio para quienes no deseaban vivir en el centro o en la periferia. Un extraño aroma se respiraba: habitantes de la calle y recicladores con sus carromatos y bultos gigantescos cual hormigas arrieras cargando basura o chatarra para convertir en comida; modernas esquinas como plazoletas donde la música electrónica recibía una juventud hedonista; marcas de consumo y narcotráfico desfilaban en moles de cemento y en grandes y coloridos anuncios comerciales; espacios oscuros de los barrios “bajos” donde se libraba una lucha a muerte sin cuartel ni vencedores. Un país de bruces lanzado a sus nuevas promesas de desarrollo entre socavones, pozos, puertos, grandes carreteras, y entre la riqueza sin límites de sus relictos y junglas tropicales. Y mientras tanto él estaba allí, allí, mirando de frente su plato de sopa, pensando en tareas por hacer y en su permanente indecisión frente a albures presurosos por conquistar. El comedor público le ofrecía en un segundo plato una carne por cortar, con la algazara del noticiario de las doce. Combinaba como un bocado de entrada, el cuerpo frío y luego el cuerpo caliente, como diría un reconocido semiólogo nacional: el primero, representado por los muertos del conflicto, y, el segundo, por las semidesnudas modelos como cortesanas de todas las prendas. Mecánicamente y con ojos perdidos, tomaban los demás el tenedor y el cuchillo pareciendo cortar también con sus ojos las presas de enemigos comunes casi yaciendo sobre la mesa. Sí, era un país trémulo y sumiso, pacato en cuestión religiosa, morbosa y truculenta su cultura masiva. Nuevas victorias en el campo de batalla habían exacerbado el clamor nacional; un sentimiento necrófilo se despertaba en las almas piadosas de los jóvenes ingenuos, en las sempiternas amas de casa, en el honor arrogante de los pensionados satisfechos, como un color conservador que, al final, teñía a todos de azul. No obstante, un proceso de paz en desarrollo parecía anunciar el final del conflicto: primero se había discutido el problema de la tierra, después la participación política, el narcotráfico, el cese bilateral del fuego, la dejación de las armas y, por último, las políticas de verdad y de justicia. Sesenta años de guerra estaban quedándose atrás, aseguraba el gobierno, un pueblo esperanzado parecía pugnar, entre tanto, con ese otra parte de la sociedad, los “ciudadanos de bien”, quienes deseaban la eliminación final del bando contrario para no ser rotulados ¡jamás! con la vergonzosa condición de “pueblo”. Marco Antonio Espejo estaba cómodamente situado en el lugar intermedio. Su progresismo lo inclinaba entonces hacia la esperanza; pero aun escéptico no se atrevía a pensar en un feliz resultado. Trabajar era su contribución diaria a la futura paz del país: Si todo funciona, todo irá bien... ese tranquilizante pensamiento le permitía, por algunos días, tomar distancia frente a esa ingenua pretensión de firmar y enviar aquella carta. Esa noche Marco Antonio al regresar a casa se había topado con el administrador del edificio cuando subía el tercer piso. La sonrisa amable de German lo había recibido. German sabía que Marco Antonio era un hombre solitario, el habitante más antiguo del edificio, quien siempre pagaba las cuentas puntualmente y de quien nunca se había recibido queja alguna. Sólo indirectamente se escuchaba sobre él un mal comentario, siempre basado en infundadas fabulaciones. Con su sonrisa amplia German haría una invitación que recibiría de parte de Marco, la misma respuesta: --- Buenas noches Marco Antonio, ¿cómo le ha ido?, yo cumplo con decirle por si de pronto quisiera ir a la reunión de administración el próximo jueves a las 7: 30; si no puede, no se preocupe pues, como siempre, con la autorización escrita, puedo representarlo. En todo caso, estimado Marco, cumplo con informarle. --- Muchas gracias, Germán, muy atento. Sí le agradezco su representación, usted sabe, confío plenamente en el juicio general de cada propietario. ¡Le deseo una feliz noche a usted y a su esposa! Ese momento, sin embargo, fue distinto. Cierto acento había fallado. La respuesta no sonó natural. De ello no se dio cuenta Marco Antonio, en cambio, para el administrador del edificio aquello le generó una pequeña curiosidad. Quizás por eso se detuvo un instante a mirar como los pasos de Marco Antonio subían, poco a poco, como quien esperase una explicación con el mismo tono acostumbrado. Ninguno de los dos conocería cual inusual sería su próximo encuentro y, ni mucho menos, el camino inesperado que tomaría la anodina vida de Marco. El cuerpo de Marco Antonio se extendía desparramado sobre la misma cama de los últimos diez años. En la pared colgaba la pintura de aquel particular cerro con enigmático paisaje. Una fotografía familiar, al lado del calendario de Químicos Lozano, estaba sobre su nochero mientras los dos lentes de sus gafas intentaban mantener en su reflejo la impasible mirada de sus padres. Un televisor, un radio, su computador desactualizado, una artesanía autóctona, un estuche con recuerdos, su biblioteca, sus semanarios nacionales e internacionales, eran las compañías inmutables de su paz conformista. Esa noche soñó con el color blanco: en sus sabanas, en manteles, en la carta pendiente por escribir, en el pálido rostro de su madre, en su habitación rutinaria. Tomaba sin pensarlo una especie de pincel y comenzaba a trazar líneas de colores. El bermellón y el purpura brotaban de sus dedos, desesperados producían la crestomatía de un ambiente jamás por él imaginado. Entonces, le era difícil entre tantos colores distinguir el violeta del carmesí, un naranja encendido de un dorado inesperado; las líneas de colores mezclaban y confundían toda figura sin poder diferenciar, en ese marco onírico, las sabanas, los manteles, las páginas, las caras conocidas. Finalmente tuvo la sensación de haber convertido su improvisada paleta en un caleidoscopio infinito. Despertó sorprendido: no sabía si por este sueño o por ser consciente del color blanco que oscurecía su cuarto. Su última imagen había sido la sonrisa irónica de Eugenio. Sentado a un costado de la cama y con seño inexplicado, sus ojos lo llevaban a la cima del cerro. “Pico de Águila” la nombraban - había escuchado- y en ese momento irracional infería que las variopintas imágenes fuesen proyectadas por él; o mejor, empero, algún “sol ardiente de la nostalgia”, había convertido la extraña punta de piedra en un frenético prisma que había encandilado sus sueños. Fuera como fuera, divagaba. Intranquilo escrutaba la pintura, sin saber por qué: el tiempo aguarda, el silencio quema, el vacío apremia; mas la cercanía de nuevas luces comenzaban a irisar su firmamento.
- CAPÍTULO II
Detrás de su escritorio de trabajo, Marco Antonio tenía una fila de largos y anchos estantes... Cuatro divisiones conformaban el almacén principal que tantos años de esfuerzo le había costado a la familia Lozano. Habían llegado del sur de Antioquia; gracias a un oficio comenzado por el abuelo, aprendiz de boticario, al 2015 lo almacenado allí mostraba una cantidad significativa de insumos para alimentos, animales y una sección especial de siderurgia y galvanoplastia. Se apoyaba, también, por otros tres almacenes y dos depósitos periféricos. La labor contable de Marco Antonio no le exigía un conocimiento profundo de cada químico. Para él un insumo podría ser cualquier otro pues, a diferencia de la división de calidad, no requería un conocimiento especializado. Había llegado a la empresa como a menudo se llega: por tradición y recomendaciones familiares. Su padre había conocido a la segunda generación de los Lozano y a Marco, contador de profesión, lo había asaltado un puesto de trabajo que le brindaba seguridad, nunca una satisfacción personal. Como hacen tantos, el trabajo se fue convirtiendo en su vida; el espacio del almacén en su segundo, a veces, su primer hogar. Los problemas de compra, venta y los balances en un asunto propio, cual si fuese dueño y señor de este “prospero” negocio. Una llamada había sido la causa de la intranquilidad de don Eduardo. Estaban en la pequeña cocina del almacén compartiendo el tinto matutino, sonó el celular y al distanciarse de los demás se apreciaba un semblante que cambió varias veces su expresión en dos minutos. Entre desconfiado y entusiasta se presentían sus respuestas, luego agitando su mano derecha en dirección a Marco Antonio se retiró a su oficina cerrando de inmediato la puerta; nada usual frente al trato cercano que en estos tres lustros se había acostumbrado a recibir de su jefe. Después, los saludos siempre eran apresurados sin perder su amabilidad. Celoso empezaba a observar cómo Carmen, la secretaria, solicitaba a Jesús Cadena responsable de la sección de calidad, quien siempre se mostraba con grandes ínfulas empresariales. Se encerraban por horas en la oficina de la Dirección, se reservaban para sí frecuentes diálogos. Sin pensarlo, empezó a inquirir razón de las ventas y los costos de los insumos de las cuatro divisiones. Don Eduardo, hombre correcto, tesonero y romántico se hizo más cauto y cohibido. Hablaba poco, ahora sólo se le conocían largas conversaciones cuando estaba encerrado con el Doctor Cadena también, por ratos, demandaba informaciones generales sobre la competencia; pero ya era inocultable su seño nuevo. Después de tres semanas de este extraño comportamiento, una mediodía se detuvo en la puerta de salida mientras se despedía de Marco: “Increíble, amigo Marco, a veces no sabemos dónde está la riqueza. Y tanto más nos cuesta saber apreciarla y entenderla. Unos días pensamos que está en el cuidado que nos prodiga la mujer amada, y otras veces en la exuberancia de una bella silueta adolescente. Miro hacia el cielo y pareciera ser ese concierto de nubes o las gotas ataviadas de lluvia en el collar multicolor de su arcoíris... o cuando miro al frente, más allá del horizonte, en esta tierra tan verde, me parece confundir la riqueza con estas montañas, sus valles y ríos, sus despeñaderos, sus malezas y hondonadas. Claro, como no, con sus gentes... esa gente tan entrañable de nuestros campos... ¡Sí! allá está la riqueza, por sobre todo inventario y cuentas de papel, amigo Marco, definitivamente, allá está la riqueza…” Una palmada en el hombro, una mirada distraída, su silencio y tres pasos pesados e inseguros fueron la despedida. Marco se quedó plantado viendo cómo se distanciaba Eduardo de la puerta de salida. Intuía que nunca más su jefe atravesaría la puerta con el pensamiento de antes. ¿Cuál sería en definitiva la preocupación de Don Eduardo? Necesariamente todo estaba relacionado con cuestiones económicas; pero nada había cambiado. El negocio continuaba sólido, no se había reducido el tamaño de las ventas, los clientes persistían fieles, y las proyecciones anuales nunca habían presentado un descenso en sus metas. Afortunadamente, existía un posicionamiento de sus productos en la región y estaban claramente definidos los nichos de mercado ante otras empresas rivales. La clave estaba entonces en el contenido de la llamada, y en los consejos del doctor Cadena. “Para usted y los demás, soy el Doctor Cadena”... así desde hace ocho años se hacía nombrar por sus “subordinados” del almacén. Marco Antonio respetaba el ritual con cierto desparpajo, como cuando alguien habla con un niño sobre las particulares reglas de sus juegos. Para Marco y los demás empleados era simplemente Jesús o “Chucho”; cuando él deseaba impactar la compañía, con otra nueva estrategia organizacional, o hacia nuevos “crecimientos”, los compañeros se miraban – en una mezcla de paciencia, falso interés, y compasión - y repetían en los pasillos, entre ellos... ¡!Ay Jesús, Jesús!!! Intranquilo, pero queriendo ocultar las preocupaciones, Marco Antonio se dirigió después del trabajo a la casa taller de Eugenio, a 20 minutos de la salida de su ciudad. Con sus 62 años, cabello desordenado, su barba a medio cortar y ojos profundos y ariscos, Eugenio recibía a todos en su “Pesebre Pagano”, como llamaba su particular “estudio”. El espacio no era muy amplio, mucha luz le permitía la vista de un paisaje único semirural; cuadros de todos los colores y movimientos artísticos- “donde esté plasmada una mujer desnuda seré su sombra…” decía- diversidad de libros y hasta un singular lar fabricado de madera procedente desde las entrañas del amazonas brasilero, ornamentaba la feliz soledad de Eugenio. “Soledad era un decir”, repetía a Baudelaire: “¡Hay que poblar la soledad! y para ello tengo en mi paleta 3 billones 527 mil y 634 mundos. Quiero que vivas dentro de ellos en mis ratos libres. Cuando salga a pasear y quiera volarme hacia otro millar de nuevas galaxias, estaré contigo, si te atrevieses después a mi lado a descansar”. Siempre repetía lo mismo. Iluminaba con sus verdes pupilas, y su voz cimbreante, a quien por primera vez lo escuchaba aquel que, si era sensible, quedaba prendado de esta “efímera e inofensiva bestia salvaje”; por eso le gustaba regar cáscaras de diversas frutas y hortalizas entre las botellas de vino y otros licores que conservaba en su estudio. Por sorpresa, ese día se encontraba sospechosamente solo; abrió con gusto la puerta a Marco Antonio. Pintaba... De su peculiar caballete colgaba el lienzo: Al fondo un horizonte sin límites, no había cumbres ni colinas sólo un extenso llano donde se veía una extraña e indistinta vegetación entre vahos que parecieran salir de lo más profundo. Sobre el suelo decenas de bocas unas suspendidas, más bajas aquellas, otras más altas; labios de todos los colores y formas, erguidos y tendidos. Unos besaban flores y hojas, otras intentando lamer los hilos de un viento que también el cuadro bosquejaba... la mayoría de bocas estaban abiertas, otras con intentos singulares de nuevas sonrisas. Unas mostraban los dientes, la mayoría los ocultaban, ósculos de amor entre ellas estaban presentes desde los más angelicales hasta los más lujuriosos; algunos se mordían intentando devorar su propia sangre, tiñendo de escarlata parte del cielo y del follaje... “Quizás me incluya en el cuadro o quizás estoy en el presente; quizás todo ese antinatural paisaje sea mi cabellera. Lo único claro es la necesidad de sorber... de sorberlo todo; libar permanentemente la tierra y el éter, ¡Qué importa que sepa a almizcle, aguardiente o jerez!, estar dispuesto a chupar hasta el final todo elixir... aleja de mí este cáliz, sírvete si quieres la onceaba cerveza y pinta con migo tantos nuevos labios... pero tú, sigues -como muchos- siendo sólo un hombre “recto” de labios cerrados, con un tapón en tu pecho sin dejar fluir la espuma que grita en tus extrañas... ¡Qué lástima esa especial champaña aún en su botella guardada: caro amigo de la boca cerrada!” Desde un costado se podía entonces divisar a dos hombres: uno como un fuego candente, enfebrecido, quien no dejaba de tomar sus pinceles y copas, otro... retenido, aparentemente sereno y quieto. Uno justificando su condición de artista, el otro, con atenta escucha y otra pregunta personal para llevarse a casa, quizás también con un corcho en su garganta. Ambos en el centro del particular estudio, en el centro de sus mundos por simples o plurales que fuesen, y si yo fuera dibujante o fotógrafo delinearía esa luz que los barnizaba. Cuando Marco ya se cansaba de escuchar y Eugenio no se cansaba de pintar, de beber y de hablar, se escuchó de pronto una voz femenina salida desde el cuarto principal reclamando al pintor su compañía. Él tomó un pincel, lo mancho de rojo, se lo colocó en los labios y con su risa sardónica - la misma del sueño - fue a buscarla. Marco entendió como siempre la situación, alzó sus cejas y se despidió. ¡Sí!...si se vive de esta manera, no encuentra lugar alguno donde refugiarse: la soledad.
- CAPÍTULO III
Alba Liz se había levantado esa mañana bajo un sol que aderezaba los cerros. Eran doce o más de quince; había quienes multiplicaban su número uniendo las tres cordilleras, el sur con el norte, los Apalaches con la Patagonia. La vida transcurría con una aparente tranquilidad ganada después de tantos tiempos de violencia. Desde su origen la lucha entre dioses rivales había determinado el destino de la Villa de los Cerros. Xixaraca y la diosa Michua eran sus dioses tutelares. Ambos vivían en la cumbre del cerro Karambá, desde allí protegían la región de Guacuma. Debes en cuando descendían de su cima y danzaban con sus habitantes. Periódicamente, también, batallaban contra los seres de “adentro”, los Tamaracas, quienes les disputaban el poder. Los Tamaracas se vestían de múltiples atuendos, se convertían en tantos otros: desde langostas hasta tribus enemigas, desde soldados españoles hasta misioneros, desde conservadores hasta liberales, insurgentes o paramilitares. Los Tamaracas, no obstante sus repetidas derrotas, renacían, a menudo, a pesar de yacer enterrados en los alrededores del cerro Opirama. Observar la punta del “Pico de Águila”, allá arriba en la cumbre del Karambá, era mantener viva la leyenda. En el mismo camino por las veredas del corregimiento de Naranjal, se podían encontrar las últimas huellas del dios Xixaraca, quien huyó acongojado junto a las lágrimas convertidas en oro de la diosa Michua. Los hombres se olvidaban de sus dioses. Alba Liz era una de las pocas que conocían esta historia. La tradición familiar y sus andanzas de niña con su abuelo, le habían permitido aún reconocer algunos lugares donde Michua se le había ofrecido en forma de venado a los principales guerreros de “los hombres de sal”. También se había hecho la imagen de ríos rojos y centellas lanzadas desde el cielo; sólo después de la adolescencia dejó de mirar el asiento del “Pico de Águila” cuando esperaba el abrir de la montaña donde encontraría, por fin, el recinto de la diosa protectora. Una profusión de verdes arropaban los suelos de Guacuma. Allí pareciera haberse detenido el dios de la fortuna. Cafetales y plátanos, frutales y arbustos, diversas fuentes de agua y su inusual anillo de montañas, era la primera vista ofrecida al visitante. Sus más de setenta veredas empequeñecían el espacio urbano. Los antiguos “hombres de sal” habían dejado un patrimonio vivo entre otras tres ramas indígenas que reclamaban ante todos, tierras y culturas. Permanentes querellas describían sus denuncias: quienes llegaron antes frente a quienes llegaron después; los originarios de la zona ante quienes vinieron del Norte; quienes hablaban la lengua y quienes traían dialectos aún por reconocer. Minas de oro y carbón, tantos otros metales y canteras, poseía la Villa de los Cerros. “Como no, Alba Liz, no lo dudes, dentro de poco iré para que me muestres todos los encantos de tu pueblito”. Esa promesa la había recibido por boca del mismo Marco Antonio. Mujer, al fin y al cabo, le preocupaba la vida del contador del almacén. En la ciudad no se vivía del todo bien, con cierto orgullo lo sabía ¿cuánto se pierde por no reposar al lado de la naturaleza? El cuidado del jardín lo recordaba, también cuando iba de una vereda a otra en los Jeeps Willis o sobre una de las tantas motos. ¡Qué horizontes se divisaban por doquier! Ni las frutas, hortalizas, ni la misma carne sabían igual en la ciudad. Al ser mujer, Alba Liz no entendía como Marco podía continuar viviendo solo, sin una relación afectiva. A pesar de su rutina, era un buen conversador, inteligente, consagrado a su trabajo. Algo debía hacerse con ese amigo, pensaba; ella con su hijo conocía el valor de un mundo compartido, así hubiera muerto su esposo hace algún tiempo. Haber trabajado un par de años en “Químicos Lozano” le había enseñado a esta mujer de 35 años su incomodidad definitiva por alejarse del campo. Marco había sido una afortunada compañía. Sin él no se hubiera adaptado a su antiguo trabajo, ni se hubiera podido mover en los laberintos de aquella nueva sociedad, tan exigente cuando se parte de la pequeña aldea. Entre tanto Marco se había despertado dos horas antes de lo acostumbrado: “caro amigo de la boca cerrada...” retumbaba en su cabeza. Una nueva incomodidad había surgido además del deseo de abandonar su trabajo, la inquietud generada por la nueva actitud de don Eduardo y, en fin, el desasosiego que, a veces, le producía el entorno de su ciudad y su país. De las decenas de bocas pintadas por Eugenio sólo la suya estaba cerrada; sin sorber nada: ajena a ese paisaje surrealista, ajena, en últimas, a la composición de uno de los billones de mundos del pintor. Como esta conversación era consigo mismo sólo encontraba, por supuesto, el silencio como respuesta: ¡Quien calla otorga! “caro amigo de la boca cerrada...”. La intranquilidad se convirtió de a poco en molestia. Lamentaba ahora, incluso, la torpe visita y la imprudencia que acompañaba la extravagancia de Eugenio: ¡Quién me manda a pisar en las primeras horas de la noche aquel “Pesebre Pagano”!, ¡A caminar zigzagueante ante tantos cuadros de desnudos!, ¡A mantener la vista atenta para no resbalarme con las cascaras de plátano y banano!; ¡Encontrar al artista justo en el momento cuando terminaba esa tan particular pintura! Se sentía extraviado: ¿No había sido Eugenio también un confidente?, ¿no le había, alguna vez, hablado de sus cuitas y esperanzas?, ¿acaso Eugenio no le compartía las suyas o, acaso, su silencio “era sólo una corta pausa necesaria frente a la lid creativa”? Definitivamente, visitar a Eugenio siempre era una cruel tentación. Sentía, a la vez, la necesidad y la repulsión. Su modo de vida le excitaba; pero le aturdía al mismo tiempo. Tuvo finalmente que levantarse, dirigirse al lavabo, humedecer su rostro y abrir, por fin, su boca para lavarse los dientes. El próximo fin de semana lo acompañaba un puente, tres días de sosiego; ¿porqué no tomar, entonces, la decisión de visitar a Alba Liz? Llegó el momento de caminar sobre Guacuma y contrastar la imagen con la punta del cerro verdadero. Sería también la posibilidad de un momento íntimo. Rumiar en un hotel o en la soledad del horizonte campestre, sus preguntas para tomar acción sobre sus incomodidades. ¡Ya estuvo! Llamaría a Alba Liz y concertaría el viaje después del medio día. Daban las ocho y Don Eduardo había llegado al almacén. No estaba solo; de su oficina se escuchaba una segunda voz. Era imposible no escuchar. Rompiendo su prudencia el contador Espejo, se acercó silencioso hacia la puerta entreabierta: --- “Es innegable, doctor Lozano, hoy en día no se puede pensar en los negocios como se hacían antes. Antes todo estaba predeterminado y se mantenían unos promedios muy tímidos de crecimiento. Las cosas han cambiado; con estos adelantos tecnológicos uno no se puede quedar en el ayer, ni siquiera encerrado dentro de su propio país. Con todo respeto Don Eduardo, durante mucho tiempo asesoré entidades siempre pensando en articularlas con Bogotá; eso ya se acabó, no es correcto. Vivimos los tiempos del Mercado Global y no va a venir por nosotros, no señor, si viene tocará la puerta de los grandes capitales; con todo respeto Doctor Lozano, somos nosotros los que tenemos que movernos, sino ese mercado se volatiliza y nos quedamos viendo un chispero” --- Entiendo, doctor Cadena, pero quien nos garantiza que esta decisión sea conveniente. Ya le he dicho varias veces, ni mi familia ni yo tenemos afán alguno. Desde tiempos de mi abuelo esta empresa ha rendido sus frutos y, a pesar de haber tenido uno que otro tras pies, nunca nos ha dejado esperando los réditos que hemos necesitado. --- Disculpe, doctor Lozano, pero eso es justo lo que le he venido diciendo: eso era antes. Ahora el mundo es cada vez más competitivo, hasta las naciones con sus organizaciones públicas tienen también que considerar convertirse en empresa pues, de lo contrario, ningún Estado soberano las va a continuar manteniendo. Se lo digo con conocimiento de causa, podría citarle diferentes casos, si no se da un salto cualitativo a partir de poner en juego capitales de riesgo esta empresa, se lo aseguro Dr. Lozano, empezará a dejar de ser solvente en cinco años, incluso, antes; el mercado mundial de los insumos químicos que aquí se venden, está más seguro y económico en otras latitudes. Piénselo, doctor Lozano, pero recuerde que hasta la próxima semana tenemos plazo; ellos no nos van a esperar más y, en estos casos, si no lo hacemos, llamarán a la competencia, quien nos puede al final aplicar los santos oleos. No quiero ser pesimista Dr. Usted me conoce, siempre he entregado todo por la compañía, mis esfuerzos y conocimientos, si no fuera tan urgente de seguro respetaría su tiempo; con las circunstancias actuales y con la oportunidad que tenemos, es tan difícil pensar de otro modo...” El ruido que hizo uno de los dos al levantarse alertó a Marco Antonio. De improviso fue a sentarse en su puesto de trabajo. Don Eduardo salió tomándose la cabeza, un tanto agitado. A diferencia de su padre y de su abuelo ni había nacido, ni tenía el olfato para los negocios. Dudaba de las certezas proferidas por el Doctor Cadena pero no dejaban de preocuparle. Sus hijas, y no sólo ellas, también el resto de la familia Lozano dependían de sus decisiones frente a la empresa. El Doctor Cadena no se quedó atrás, fue a acompañarlo en el pasillo sin parar de hablar. Ay, Jesús, Jesús, murmuraba Marco Antonio.



