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  • CAPÍTULO I

    Cuando el tiempo aguarda y el silencio quema. Cuando la distancia apaga y el vacío apremia. Despertaba, se bañaba con preguntas y se vestía con la niebla. En la cima de aquel rostro, casi olvidado, se ausentaban las palabras desnudando la presencia de esa alma esquiva ante presentes inmediatos. Los vahos de un invierno invadían sus ventanas, mientras grisáceos atardeceres se precipitaban sobre las calles apenas llegaban las seis. Sin sobresaltos ni cobijos apretaban los días, la estrechez cansina de esa vida que entre sus eternos preludios se perdía. Estaba dispuesto, entre tanto, a manejar sus cordeles, a mirar sin mirar, y a colocar alfileres en las comisuras de sus labios. La mañana parecía buena ante la indiferencia de todos, con lugares comunes suficientes para defender su rutina. Un “sensato progresista” se decía, “libre pensador” en sus adentros así nadie sus sueños conociera. Justificaba con su adormilada paz conformista, incertidumbres y reclamos aparecidos más allá de su lecho. Su escritorio en el trabajo lo esperaba, como también la siempre ordenada pila de papeles. Leer y separar, sellar y enviar, eran las tareas que le permitía a esa minúscula oficina, copar los temores de tantos como él. Una oficina, un mundo, ocho horas consuetudinarias convirtiéndose en miles... iban dejando su rastro entre los cabellos canos, arrugas en la frente y entre esperanzas aplazadas. --- ¿Cómo te va, doctorcito? Se escuchaba. --- ¿Dispuesto a estampar la firma indeleble en cada nueva petición? Eso sí se llama trabajar con juicio: ¡Viva Colombia! Le gritaba su colega. --- ¡Tome ejemplo, mijito! Le venía diciendo desde hace ya unos quince años, respuesta que, por lo demás, sobraba pues gracias a ese seguir su ejemplo podían mantener su “importante” posición. La sonrisa y el tono de su palabra no estaban del todo mal, así su compañero de jornada las conociera de antemano. Sobre su cabeza las moscas, como buitres, rodeaban su puesto de trabajo. Tomaba indiferente su esfero con un movimiento apático intentando impedir su postrer descanso en el papel. ¿Qué podría ser más blanco? ¿Su futuro postergado o esa carta que, quizás, no escribiría jamás? “Buenas tardes, Dr. Eduardo, gerente de la compañía “Químicos Lozano”. Después de haber tenido la fortuna de laborar en su empresa a lo largo de casi dos décadas, lamento comunicarle que...” No, no,... sonaría mejor escribir entonces: “Con un agradecimiento profundo y contra mi voluntad, espero pueda comprender mi decisión...” No sería más decente confiar en un sentimiento compartido y señalar aun claramente: “Luego de haberme batido mil veces contra mi cobardía, me alegra darle a conocer, sin enfado alguno, mi renuncia a su burocrática organización...” Ante esta idea y tras tres líneas dibujadas, estaba atónito: sabía que ese párrafo no terminaría con un punto final, ni siquiera merecería un punto aparte. El esfero continuaba en su mano urgente para firmar... los documentos de siempre. Cantidades desconocidas intocables para sus manos, direcciones por siempre esquivas para su vista, nombres repetibles como se repetían los días. Las horas también avanzaban portando su alimento, a mediodía, fuera de su oficina de trabajo. El ruido del tránsito entorpecía sus pasos, peatones atropellaban su libertad al caminar, el aire continuaba pesado y los minutos pasaban cada vez más raudos; ¿acaso un rayo de sol, acaso...? En aquellos momentos vagaba como una silueta que eludía los estertores de la sociedad. No le era concebible como podía mantenerse en pie. Una de las ciudades con más alto índice de desempleo del país, en una de las naciones con mayor injusticia y desigualdad del orbe. La pobreza y la inseguridad retaban los mejores estratos sociales, imposible refugio para quienes no deseaban vivir en el centro o en la periferia. Un extraño aroma se respiraba: habitantes de la calle y recicladores con sus carromatos y bultos gigantescos cual hormigas arrieras cargando basura o chatarra para convertir en comida; modernas esquinas como plazoletas donde la música electrónica recibía una juventud hedonista; marcas de consumo y narcotráfico desfilaban en moles de cemento y en grandes y coloridos anuncios comerciales; espacios oscuros de los barrios “bajos” donde se libraba una lucha a muerte sin cuartel ni vencedores. Un país de bruces lanzado a sus nuevas promesas de desarrollo entre socavones, pozos, puertos, grandes carreteras, y entre la riqueza sin límites de sus relictos y junglas tropicales. Y mientras tanto él estaba allí, allí, mirando de frente su plato de sopa, pensando en tareas por hacer y en su permanente indecisión frente a albures presurosos por conquistar. El comedor público le ofrecía en un segundo plato una carne por cortar, con la algazara del noticiario de las doce. Combinaba como un bocado de entrada, el cuerpo frío y luego el cuerpo caliente, como diría un reconocido semiólogo nacional: el primero, representado por los muertos del conflicto, y, el segundo, por las semidesnudas modelos como cortesanas de todas las prendas. Mecánicamente y con ojos perdidos, tomaban los demás el tenedor y el cuchillo pareciendo cortar también con sus ojos las presas de enemigos comunes casi yaciendo sobre la mesa. Sí, era un país trémulo y sumiso, pacato en cuestión religiosa, morbosa y truculenta su cultura masiva. Nuevas victorias en el campo de batalla habían exacerbado el clamor nacional; un sentimiento necrófilo se despertaba en las almas piadosas de los jóvenes ingenuos, en las sempiternas amas de casa, en el honor arrogante de los pensionados satisfechos, como un color conservador que, al final, teñía a todos de azul. No obstante, un proceso de paz en desarrollo parecía anunciar el final del conflicto: primero se había discutido el problema de la tierra, después la participación política, el narcotráfico, el cese bilateral del fuego, la dejación de las armas y, por último, las políticas de verdad y de justicia. Sesenta años de guerra estaban quedándose atrás, aseguraba el gobierno, un pueblo esperanzado parecía pugnar, entre tanto, con ese otra parte de la sociedad, los “ciudadanos de bien”, quienes deseaban la eliminación final del bando contrario para no ser rotulados ¡jamás! con la vergonzosa condición de “pueblo”. Marco Antonio Espejo estaba cómodamente situado en el lugar intermedio. Su progresismo lo inclinaba entonces hacia la esperanza; pero aun escéptico no se atrevía a pensar en un feliz resultado. Trabajar era su contribución diaria a la futura paz del país: Si todo funciona, todo irá bien... ese tranquilizante pensamiento le permitía, por algunos días, tomar distancia frente a esa ingenua pretensión de firmar y enviar aquella carta. Esa noche Marco Antonio al regresar a casa se había topado con el administrador del edificio cuando subía el tercer piso. La sonrisa amable de German lo había recibido. German sabía que Marco Antonio era un hombre solitario, el habitante más antiguo del edificio, quien siempre pagaba las cuentas puntualmente y de quien nunca se había recibido queja alguna. Sólo indirectamente se escuchaba sobre él un mal comentario, siempre basado en infundadas fabulaciones. Con su sonrisa amplia German haría una invitación que recibiría de parte de Marco, la misma respuesta: --- Buenas noches Marco Antonio, ¿cómo le ha ido?, yo cumplo con decirle por si de pronto quisiera ir a la reunión de administración el próximo jueves a las 7: 30; si no puede, no se preocupe pues, como siempre, con la autorización escrita, puedo representarlo. En todo caso, estimado Marco, cumplo con informarle. --- Muchas gracias, Germán, muy atento. Sí le agradezco su representación, usted sabe, confío plenamente en el juicio general de cada propietario. ¡Le deseo una feliz noche a usted y a su esposa! Ese momento, sin embargo, fue distinto. Cierto acento había fallado. La respuesta no sonó natural. De ello no se dio cuenta Marco Antonio, en cambio, para el administrador del edificio aquello le generó una pequeña curiosidad. Quizás por eso se detuvo un instante a mirar como los pasos de Marco Antonio subían, poco a poco, como quien esperase una explicación con el mismo tono acostumbrado. Ninguno de los dos conocería cual inusual sería su próximo encuentro y, ni mucho menos, el camino inesperado que tomaría la anodina vida de Marco. El cuerpo de Marco Antonio se extendía desparramado sobre la misma cama de los últimos diez años. En la pared colgaba la pintura de aquel particular cerro con enigmático paisaje. Una fotografía familiar, al lado del calendario de Químicos Lozano, estaba sobre su nochero mientras los dos lentes de sus gafas intentaban mantener en su reflejo la impasible mirada de sus padres. Un televisor, un radio, su computador desactualizado, una artesanía autóctona, un estuche con recuerdos, su biblioteca, sus semanarios nacionales e internacionales, eran las compañías inmutables de su paz conformista. Esa noche soñó con el color blanco: en sus sabanas, en manteles, en la carta pendiente por escribir, en el pálido rostro de su madre, en su habitación rutinaria. Tomaba sin pensarlo una especie de pincel y comenzaba a trazar líneas de colores. El bermellón y el purpura brotaban de sus dedos, desesperados producían la crestomatía de un ambiente jamás por él imaginado. Entonces, le era difícil entre tantos colores distinguir el violeta del carmesí, un naranja encendido de un dorado inesperado; las líneas de colores mezclaban y confundían toda figura sin poder diferenciar, en ese marco onírico, las sabanas, los manteles, las páginas, las caras conocidas. Finalmente tuvo la sensación de haber convertido su improvisada paleta en un caleidoscopio infinito. Despertó sorprendido: no sabía si por este sueño o por ser consciente del color blanco que oscurecía su cuarto. Su última imagen había sido la sonrisa irónica de Eugenio. Sentado a un costado de la cama y con seño inexplicado, sus ojos lo llevaban a la cima del cerro. “Pico de Águila” la nombraban - había escuchado- y en ese momento irracional infería que las variopintas imágenes fuesen proyectadas por él; o mejor, empero, algún “sol ardiente de la nostalgia”, había convertido la extraña punta de piedra en un frenético prisma que había encandilado sus sueños. Fuera como fuera, divagaba. Intranquilo escrutaba la pintura, sin saber por qué: el tiempo aguarda, el silencio quema, el vacío apremia; mas la cercanía de nuevas luces comenzaban a irisar su firmamento.

  • CAPÍTULO II

    Detrás de su escritorio de trabajo, Marco Antonio tenía una fila de largos y anchos estantes... Cuatro divisiones conformaban el almacén principal que tantos años de esfuerzo le había costado a la familia Lozano. Habían llegado del sur de Antioquia; gracias a un oficio comenzado por el abuelo, aprendiz de boticario, al 2015 lo almacenado allí mostraba una cantidad significativa de insumos para alimentos, animales y una sección especial de siderurgia y galvanoplastia. Se apoyaba, también, por otros tres almacenes y dos depósitos periféricos. La labor contable de Marco Antonio no le exigía un conocimiento profundo de cada químico. Para él un insumo podría ser cualquier otro pues, a diferencia de la división de calidad, no requería un conocimiento especializado. Había llegado a la empresa como a menudo se llega: por tradición y recomendaciones familiares. Su padre había conocido a la segunda generación de los Lozano y a Marco, contador de profesión, lo había asaltado un puesto de trabajo que le brindaba seguridad, nunca una satisfacción personal. Como hacen tantos, el trabajo se fue convirtiendo en su vida; el espacio del almacén en su segundo, a veces, su primer hogar. Los problemas de compra, venta y los balances en un asunto propio, cual si fuese dueño y señor de este “prospero” negocio. Una llamada había sido la causa de la intranquilidad de don Eduardo. Estaban en la pequeña cocina del almacén compartiendo el tinto matutino, sonó el celular y al distanciarse de los demás se apreciaba un semblante que cambió varias veces su expresión en dos minutos. Entre desconfiado y entusiasta se presentían sus respuestas, luego agitando su mano derecha en dirección a Marco Antonio se retiró a su oficina cerrando de inmediato la puerta; nada usual frente al trato cercano que en estos tres lustros se había acostumbrado a recibir de su jefe. Después, los saludos siempre eran apresurados sin perder su amabilidad. Celoso empezaba a observar cómo Carmen, la secretaria, solicitaba a Jesús Cadena responsable de la sección de calidad, quien siempre se mostraba con grandes ínfulas empresariales. Se encerraban por horas en la oficina de la Dirección, se reservaban para sí frecuentes diálogos. Sin pensarlo, empezó a inquirir razón de las ventas y los costos de los insumos de las cuatro divisiones. Don Eduardo, hombre correcto, tesonero y romántico se hizo más cauto y cohibido. Hablaba poco, ahora sólo se le conocían largas conversaciones cuando estaba encerrado con el Doctor Cadena también, por ratos, demandaba informaciones generales sobre la competencia; pero ya era inocultable su seño nuevo. Después de tres semanas de este extraño comportamiento, una mediodía se detuvo en la puerta de salida mientras se despedía de Marco: “Increíble, amigo Marco, a veces no sabemos dónde está la riqueza. Y tanto más nos cuesta saber apreciarla y entenderla. Unos días pensamos que está en el cuidado que nos prodiga la mujer amada, y otras veces en la exuberancia de una bella silueta adolescente. Miro hacia el cielo y pareciera ser ese concierto de nubes o las gotas ataviadas de lluvia en el collar multicolor de su arcoíris... o cuando miro al frente, más allá del horizonte, en esta tierra tan verde, me parece confundir la riqueza con estas montañas, sus valles y ríos, sus despeñaderos, sus malezas y hondonadas. Claro, como no, con sus gentes... esa gente tan entrañable de nuestros campos... ¡Sí! allá está la riqueza, por sobre todo inventario y cuentas de papel, amigo Marco, definitivamente, allá está la riqueza…” Una palmada en el hombro, una mirada distraída, su silencio y tres pasos pesados e inseguros fueron la despedida. Marco se quedó plantado viendo cómo se distanciaba Eduardo de la puerta de salida. Intuía que nunca más su jefe atravesaría la puerta con el pensamiento de antes. ¿Cuál sería en definitiva la preocupación de Don Eduardo? Necesariamente todo estaba relacionado con cuestiones económicas; pero nada había cambiado. El negocio continuaba sólido, no se había reducido el tamaño de las ventas, los clientes persistían fieles, y las proyecciones anuales nunca habían presentado un descenso en sus metas. Afortunadamente, existía un posicionamiento de sus productos en la región y estaban claramente definidos los nichos de mercado ante otras empresas rivales. La clave estaba entonces en el contenido de la llamada, y en los consejos del doctor Cadena. “Para usted y los demás, soy el Doctor Cadena”... así desde hace ocho años se hacía nombrar por sus “subordinados” del almacén. Marco Antonio respetaba el ritual con cierto desparpajo, como cuando alguien habla con un niño sobre las particulares reglas de sus juegos. Para Marco y los demás empleados era simplemente Jesús o “Chucho”; cuando él deseaba impactar la compañía, con otra nueva estrategia organizacional, o hacia nuevos “crecimientos”, los compañeros se miraban – en una mezcla de paciencia, falso interés, y compasión - y repetían en los pasillos, entre ellos... ¡!Ay Jesús, Jesús!!! Intranquilo, pero queriendo ocultar las preocupaciones, Marco Antonio se dirigió después del trabajo a la casa taller de Eugenio, a 20 minutos de la salida de su ciudad. Con sus 62 años, cabello desordenado, su barba a medio cortar y ojos profundos y ariscos, Eugenio recibía a todos en su “Pesebre Pagano”, como llamaba su particular “estudio”. El espacio no era muy amplio, mucha luz le permitía la vista de un paisaje único semirural; cuadros de todos los colores y movimientos artísticos- “donde esté plasmada una mujer desnuda seré su sombra…” decía- diversidad de libros y hasta un singular lar fabricado de madera procedente desde las entrañas del amazonas brasilero, ornamentaba la feliz soledad de Eugenio. “Soledad era un decir”, repetía a Baudelaire: “¡Hay que poblar la soledad! y para ello tengo en mi paleta 3 billones 527 mil y 634 mundos. Quiero que vivas dentro de ellos en mis ratos libres. Cuando salga a pasear y quiera volarme hacia otro millar de nuevas galaxias, estaré contigo, si te atrevieses después a mi lado a descansar”. Siempre repetía lo mismo. Iluminaba con sus verdes pupilas, y su voz cimbreante, a quien por primera vez lo escuchaba aquel que, si era sensible, quedaba prendado de esta “efímera e inofensiva bestia salvaje”; por eso le gustaba regar cáscaras de diversas frutas y hortalizas entre las botellas de vino y otros licores que conservaba en su estudio. Por sorpresa, ese día se encontraba sospechosamente solo; abrió con gusto la puerta a Marco Antonio. Pintaba... De su peculiar caballete colgaba el lienzo: Al fondo un horizonte sin límites, no había cumbres ni colinas sólo un extenso llano donde se veía una extraña e indistinta vegetación entre vahos que parecieran salir de lo más profundo. Sobre el suelo decenas de bocas unas suspendidas, más bajas aquellas, otras más altas; labios de todos los colores y formas, erguidos y tendidos. Unos besaban flores y hojas, otras intentando lamer los hilos de un viento que también el cuadro bosquejaba... la mayoría de bocas estaban abiertas, otras con intentos singulares de nuevas sonrisas. Unas mostraban los dientes, la mayoría los ocultaban, ósculos de amor entre ellas estaban presentes desde los más angelicales hasta los más lujuriosos; algunos se mordían intentando devorar su propia sangre, tiñendo de escarlata parte del cielo y del follaje... “Quizás me incluya en el cuadro o quizás estoy en el presente; quizás todo ese antinatural paisaje sea mi cabellera. Lo único claro es la necesidad de sorber... de sorberlo todo; libar permanentemente la tierra y el éter, ¡Qué importa que sepa a almizcle, aguardiente o jerez!, estar dispuesto a chupar hasta el final todo elixir... aleja de mí este cáliz, sírvete si quieres la onceaba cerveza y pinta con migo tantos nuevos labios... pero tú, sigues -como muchos- siendo sólo un hombre “recto” de labios cerrados, con un tapón en tu pecho sin dejar fluir la espuma que grita en tus extrañas... ¡Qué lástima esa especial champaña aún en su botella guardada: caro amigo de la boca cerrada!” Desde un costado se podía entonces divisar a dos hombres: uno como un fuego candente, enfebrecido, quien no dejaba de tomar sus pinceles y copas, otro... retenido, aparentemente sereno y quieto. Uno justificando su condición de artista, el otro, con atenta escucha y otra pregunta personal para llevarse a casa, quizás también con un corcho en su garganta. Ambos en el centro del particular estudio, en el centro de sus mundos por simples o plurales que fuesen, y si yo fuera dibujante o fotógrafo delinearía esa luz que los barnizaba. Cuando Marco ya se cansaba de escuchar y Eugenio no se cansaba de pintar, de beber y de hablar, se escuchó de pronto una voz femenina salida desde el cuarto principal reclamando al pintor su compañía. Él tomó un pincel, lo mancho de rojo, se lo colocó en los labios y con su risa sardónica - la misma del sueño - fue a buscarla. Marco entendió como siempre la situación, alzó sus cejas y se despidió. ¡Sí!...si se vive de esta manera, no encuentra lugar alguno donde refugiarse: la soledad.

  • CAPÍTULO III

    Alba Liz se había levantado esa mañana bajo un sol que aderezaba los cerros. Eran doce o más de quince; había quienes multiplicaban su número uniendo las tres cordilleras, el sur con el norte, los Apalaches con la Patagonia. La vida transcurría con una aparente tranquilidad ganada después de tantos tiempos de violencia. Desde su origen la lucha entre dioses rivales había determinado el destino de la Villa de los Cerros. Xixaraca y la diosa Michua eran sus dioses tutelares. Ambos vivían en la cumbre del cerro Karambá, desde allí protegían la región de Guacuma. Debes en cuando descendían de su cima y danzaban con sus habitantes. Periódicamente, también, batallaban contra los seres de “adentro”, los Tamaracas, quienes les disputaban el poder. Los Tamaracas se vestían de múltiples atuendos, se convertían en tantos otros: desde langostas hasta tribus enemigas, desde soldados españoles hasta misioneros, desde conservadores hasta liberales, insurgentes o paramilitares. Los Tamaracas, no obstante sus repetidas derrotas, renacían, a menudo, a pesar de yacer enterrados en los alrededores del cerro Opirama. Observar la punta del “Pico de Águila”, allá arriba en la cumbre del Karambá, era mantener viva la leyenda. En el mismo camino por las veredas del corregimiento de Naranjal, se podían encontrar las últimas huellas del dios Xixaraca, quien huyó acongojado junto a las lágrimas convertidas en oro de la diosa Michua. Los hombres se olvidaban de sus dioses. Alba Liz era una de las pocas que conocían esta historia. La tradición familiar y sus andanzas de niña con su abuelo, le habían permitido aún reconocer algunos lugares donde Michua se le había ofrecido en forma de venado a los principales guerreros de “los hombres de sal”. También se había hecho la imagen de ríos rojos y centellas lanzadas desde el cielo; sólo después de la adolescencia dejó de mirar el asiento del “Pico de Águila” cuando esperaba el abrir de la montaña donde encontraría, por fin, el recinto de la diosa protectora. Una profusión de verdes arropaban los suelos de Guacuma. Allí pareciera haberse detenido el dios de la fortuna. Cafetales y plátanos, frutales y arbustos, diversas fuentes de agua y su inusual anillo de montañas, era la primera vista ofrecida al visitante. Sus más de setenta veredas empequeñecían el espacio urbano. Los antiguos “hombres de sal” habían dejado un patrimonio vivo entre otras tres ramas indígenas que reclamaban ante todos, tierras y culturas. Permanentes querellas describían sus denuncias: quienes llegaron antes frente a quienes llegaron después; los originarios de la zona ante quienes vinieron del Norte; quienes hablaban la lengua y quienes traían dialectos aún por reconocer. Minas de oro y carbón, tantos otros metales y canteras, poseía la Villa de los Cerros. “Como no, Alba Liz, no lo dudes, dentro de poco iré para que me muestres todos los encantos de tu pueblito”. Esa promesa la había recibido por boca del mismo Marco Antonio. Mujer, al fin y al cabo, le preocupaba la vida del contador del almacén. En la ciudad no se vivía del todo bien, con cierto orgullo lo sabía ¿cuánto se pierde por no reposar al lado de la naturaleza? El cuidado del jardín lo recordaba, también cuando iba de una vereda a otra en los Jeeps Willis o sobre una de las tantas motos. ¡Qué horizontes se divisaban por doquier! Ni las frutas, hortalizas, ni la misma carne sabían igual en la ciudad. Al ser mujer, Alba Liz no entendía como Marco podía continuar viviendo solo, sin una relación afectiva. A pesar de su rutina, era un buen conversador, inteligente, consagrado a su trabajo. Algo debía hacerse con ese amigo, pensaba; ella con su hijo conocía el valor de un mundo compartido, así hubiera muerto su esposo hace algún tiempo. Haber trabajado un par de años en “Químicos Lozano” le había enseñado a esta mujer de 35 años su incomodidad definitiva por alejarse del campo. Marco había sido una afortunada compañía. Sin él no se hubiera adaptado a su antiguo trabajo, ni se hubiera podido mover en los laberintos de aquella nueva sociedad, tan exigente cuando se parte de la pequeña aldea. Entre tanto Marco se había despertado dos horas antes de lo acostumbrado: “caro amigo de la boca cerrada...” retumbaba en su cabeza. Una nueva incomodidad había surgido además del deseo de abandonar su trabajo, la inquietud generada por la nueva actitud de don Eduardo y, en fin, el desasosiego que, a veces, le producía el entorno de su ciudad y su país. De las decenas de bocas pintadas por Eugenio sólo la suya estaba cerrada; sin sorber nada: ajena a ese paisaje surrealista, ajena, en últimas, a la composición de uno de los billones de mundos del pintor. Como esta conversación era consigo mismo sólo encontraba, por supuesto, el silencio como respuesta: ¡Quien calla otorga! “caro amigo de la boca cerrada...”. La intranquilidad se convirtió de a poco en molestia. Lamentaba ahora, incluso, la torpe visita y la imprudencia que acompañaba la extravagancia de Eugenio: ¡Quién me manda a pisar en las primeras horas de la noche aquel “Pesebre Pagano”!, ¡A caminar zigzagueante ante tantos cuadros de desnudos!, ¡A mantener la vista atenta para no resbalarme con las cascaras de plátano y banano!; ¡Encontrar al artista justo en el momento cuando terminaba esa tan particular pintura! ​ Se sentía extraviado: ¿No había sido Eugenio también un confidente?, ¿no le había, alguna vez, hablado de sus cuitas y esperanzas?, ¿acaso Eugenio no le compartía las suyas o, acaso, su silencio “era sólo una corta pausa necesaria frente a la lid creativa”? Definitivamente, visitar a Eugenio siempre era una cruel tentación. Sentía, a la vez, la necesidad y la repulsión. Su modo de vida le excitaba; pero le aturdía al mismo tiempo. Tuvo finalmente que levantarse, dirigirse al lavabo, humedecer su rostro y abrir, por fin, su boca para lavarse los dientes. El próximo fin de semana lo acompañaba un puente, tres días de sosiego; ¿porqué no tomar, entonces, la decisión de visitar a Alba Liz? Llegó el momento de caminar sobre Guacuma y contrastar la imagen con la punta del cerro verdadero. Sería también la posibilidad de un momento íntimo. Rumiar en un hotel o en la soledad del horizonte campestre, sus preguntas para tomar acción sobre sus incomodidades. ¡Ya estuvo! Llamaría a Alba Liz y concertaría el viaje después del medio día. Daban las ocho y Don Eduardo había llegado al almacén. No estaba solo; de su oficina se escuchaba una segunda voz. Era imposible no escuchar. Rompiendo su prudencia el contador Espejo, se acercó silencioso hacia la puerta entreabierta: --- “Es innegable, doctor Lozano, hoy en día no se puede pensar en los negocios como se hacían antes. Antes todo estaba predeterminado y se mantenían unos promedios muy tímidos de crecimiento. Las cosas han cambiado; con estos adelantos tecnológicos uno no se puede quedar en el ayer, ni siquiera encerrado dentro de su propio país. Con todo respeto Don Eduardo, durante mucho tiempo asesoré entidades siempre pensando en articularlas con Bogotá; eso ya se acabó, no es correcto. Vivimos los tiempos del Mercado Global y no va a venir por nosotros, no señor, si viene tocará la puerta de los grandes capitales; con todo respeto Doctor Lozano, somos nosotros los que tenemos que movernos, sino ese mercado se volatiliza y nos quedamos viendo un chispero” --- Entiendo, doctor Cadena, pero quien nos garantiza que esta decisión sea conveniente. Ya le he dicho varias veces, ni mi familia ni yo tenemos afán alguno. Desde tiempos de mi abuelo esta empresa ha rendido sus frutos y, a pesar de haber tenido uno que otro tras pies, nunca nos ha dejado esperando los réditos que hemos necesitado. --- Disculpe, doctor Lozano, pero eso es justo lo que le he venido diciendo: eso era antes. Ahora el mundo es cada vez más competitivo, hasta las naciones con sus organizaciones públicas tienen también que considerar convertirse en empresa pues, de lo contrario, ningún Estado soberano las va a continuar manteniendo. Se lo digo con conocimiento de causa, podría citarle diferentes casos, si no se da un salto cualitativo a partir de poner en juego capitales de riesgo esta empresa, se lo aseguro Dr. Lozano, empezará a dejar de ser solvente en cinco años, incluso, antes; el mercado mundial de los insumos químicos que aquí se venden, está más seguro y económico en otras latitudes. Piénselo, doctor Lozano, pero recuerde que hasta la próxima semana tenemos plazo; ellos no nos van a esperar más y, en estos casos, si no lo hacemos, llamarán a la competencia, quien nos puede al final aplicar los santos oleos. No quiero ser pesimista Dr. Usted me conoce, siempre he entregado todo por la compañía, mis esfuerzos y conocimientos, si no fuera tan urgente de seguro respetaría su tiempo; con las circunstancias actuales y con la oportunidad que tenemos, es tan difícil pensar de otro modo...” El ruido que hizo uno de los dos al levantarse alertó a Marco Antonio. De improviso fue a sentarse en su puesto de trabajo. Don Eduardo salió tomándose la cabeza, un tanto agitado. A diferencia de su padre y de su abuelo ni había nacido, ni tenía el olfato para los negocios. Dudaba de las certezas proferidas por el Doctor Cadena pero no dejaban de preocuparle. Sus hijas, y no sólo ellas, también el resto de la familia Lozano dependían de sus decisiones frente a la empresa. El Doctor Cadena no se quedó atrás, fue a acompañarlo en el pasillo sin parar de hablar. Ay, Jesús, Jesús, murmuraba Marco Antonio.

  • CAPÍTULO IV

    Un estrechón de manos había sido la imagen en primera página de más de un diario mundial. En el centro el hermano del líder histórico de la isla. Con falsas sonrisas, con rostros desconfiados y austeros, el Presidente de la República y el Jefe de la Insurgencia, en ambos costados. Quedaban seis meses, decía la información oficial, para firmarse la paz definitiva para Colombia. La propaganda hablaba de un horizonte posconflicto. Superaban la guerra de más de sesenta años y pronosticaban la tan esperada prosperidad general. Más prudentes otros, preferían hablar de posacuerdo, las soluciones tardarían en llegar teniendo en cuenta ajustes al modelo económico, principal traba para alcanzar los propósitos sustantivos del diálogo en la Habana. ​ A pesar de tan esperanzadora noticia, continuaba la vocinglería de los enemigos de la paz. Siempre de manera “frentera”, sin agazaparse; aun con el concurso de fuerzas oscuras, “los ciudadanos de bien” criticaban los acuerdos, señalando el riesgo de perder la soberanía nacional, incluso –sostenían- se había ofrecido la prisión del principal líder de la oposición, al grupo “terrorista”. Vencer en las urnas la refrendación del proceso, era su voto de confianza. Urdían con el apoyo de algunos medios de comunicación y la Procuraduría General de la República, una visión nefasta del esperado pacto político. Las noticias leídas por Marco Antonio en el suplemento internacional de noches anteriores, le habían causado una extraña sensación. La impresión de no haber visto hace tanto tiempo al mundo tan al revés. Centenares de africanos se ahogaban intentando alcanzar costas italianas y españolas; la quiebra económica estrepitosa de la nación griega, estrangulada como el Minotauro bajo el laberinto zurcido por el capital financiero y la comunidad europea. Un representante del proteccionismo económico alemán batía, en su silla de ruedas, al capricho de la banca internacional, el cuerpo atlético del ministro heleno de economía. Más de 250.000 muertos de una guerra contra una legión armada difícil de precisar. Cada vez estaban allí más cerca los aviones caza norteamericanos y rusos apoyando cada uno a un bando contrario. Fronteras que se cierran y se abren para miles de refugiados del oriente medio y del continente negro entre Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Eslovenia, al tratar de alcanzar el sueño germano. En fin, problemas de frontera entre Colombia y Venezuela con cientos de deportados, quejas de contrabando, paramilitarismo, también por el autoritarismo del Presidente hermano. Caída internacional del precio del petróleo, destitución por corrupción de un presidente centroamericano, desaceleración de la economía China, comienzo de las clasificaciones al mundial de futbol del 2018. Tantos acontecimientos que convergían con la campaña política en su país. Entre vallas, entre nuevas -aún gastadas promesas- transcurría la aparente tranquilidad de Marco Antonio. La inquietud empezó a convertirse para Marco, como para Eugenio las siluetas desnudas de las mujeres, en su propia sombra. Ni en el noticiario de las doce, la prensa escrita ni, mucho menos, en su lugar de trabajo, encontraba algo parecido al sosiego. Transcurrieron esos días esperando con deleite el fin de semana, después de haber prometido a Alba Liz su visita a Guacuma. La Villa de los Cerros se le aparecía, entonces, como un espacio de paz y libertad, de deseo y de seguridad; un lugar donde finalmente intentaría olvidarse del mundo, y desde donde podría mandar por un par de días ese sentimiento de ansiedad, frente a la enigmática decisión por tomar de Don Eduardo. Antes del medio día del viernes, Carmen, la secretaria, le comunicó el inesperado mensaje. Su jefe necesitaba hablar con él un asunto urgente. Para ello lo requería el día sábado, a las 9:00 a.m. El remanso se hacía lejano; -la intranquilidad-, cada vez más cercana, conquistaba sus tiempos, espacios... su propio estado. El resto del día y de aquella noche no la pasó bien. Se reconocía en las ojeras y en su rostro cansino. Lo apoyó sobre sus manos mientras esperaba la tan importante conversación. Por fin siendo las 9:10 don Eduardo lo mandó a seguir. --- Buenos días, Marco, ¿cómo estás? Espero disculpes que te haya citado un sábado. Ya empezarás a comprender lo trascendente de la ocasión. Hablaba de un modo inseguro, también se notaba en el movimiento de su cuerpo. Marco presentía un ánimo entusiasta cubierto, de todos modos, de una especie de plegaria. ​ --- Bueno, Marco, hace rato no conversamos cuéntame, ¿cómo va todo? ¿Cómo te fue con el arreglo en tu casa y tu disciplinada lectura en ingles: “The poems, plays and prose of Puschkin”? --- Bien muchas gracias, sin contratiempos -se mentía-; debes en cuando caminando aún entre las estepas rusas. Muy atento a la reunión del día de hoy Don Eduardo. --- Lo primero, Marco Antonio, una excepción: lo necesito colaborándome este fin de semana. Es un asunto urgente. Tiene que ver con buenas noticias para la empresa y, en concreto, también para usted, mi estimado Doctor Espejo. No disimuló una sincera, a la vez, frágil sonrisa cuando pronunciaba el nombre de su empleado. --- Discúlpeme, Marco, espero no interrumpir algún plan para este puente. Si tiene alguna tarea también urgente, créame Marco que lo comprendería y me las arreglaría de algún modo. --- Descuide, doctor Lozano, sí tenía un interés, un corto viaje para ser más preciso; pero no se preocupe, puede darse en otro momento. En estos quince años, conozco pocas ocasiones para este tipo de requerimientos, y deseo ser proactivo ante las circunstancias. ​ --- ¿Y hacia dónde te dirigías, Marco Antonio? Ese juego entre el tú y el usted, entre el nombre de pila y el apellido, siempre denotaba el carácter personal y la poca habilidad en el mando gerencial que tenía Don Eduardo; Marco solía responder de la misma manera. --- Pues ¿recuerda a Alba Liz? Me invitó a su tierra en estos días... --- ¿Ella no era la de Cartama? --- ¿No recuerda? Ella regresó a su Guacuma natal. --- Hagamos entonces una cosa: luego de cumplir lo que le voy a encomendar, obviamente con pago de horas extras incluidas, le daré dos días de permiso para viajar a Guacuma ¿de acuerdo Marco? --- Me parece muy bien Don Eduardo, soy todo oídos... --- Son ya tres las generaciones que han trabajado en pro de nuestra empresa “Químicos Lozano”. Aún recuerdo la insistencia de mi padre cuando me incitaba al cumplir los 17 para estudiar Ingeniería Química en la Nacho; preocupado, como lo estoy yo ahora, por el futuro de la empresa. Las cosas no están mal, Marco Antonio, mas empiezo a entender a mi padre y no tengo ya ninguna hija a quien comprometer con la compañía dentro de poco. Usted llegó el mismo año que yo, en el 2000; ni me lleva, ni le llevo, una mayor experiencia. El hecho de que usted sea el contador de la empresa y yo el director, no lo siento como un abismo de relación, como para no compartir preocupaciones o ambiciones comunes. Pues sí Marco, se nos creció el negocio, no lo sabíamos; una llamada recibida hace algunas semanas desde Medellín, nos lo propone abiertamente. Me están sugiriendo abrir una nueva división para la compañía, con nuevos insumos químicos muy prometedores en el presente y para el futuro inmediato; también que tripliquemos nuestro tamaño y nuestras ventas en corto, por tardar, mediano plazo. Todos me aconsejan que actúe ahora, pues debemos aprovechar una inyección de capital para estos propósitos; necesito de su ayuda para llenar los datos en una nueva plataforma virtual con la que contaremos, para luego realizar unas proyecciones; en otras palabras, poner manos a la obra. Usted sabe, amigo Marco, siempre he estado satisfecho con los rendimientos de la empresa, siempre he creído que con las cuatro divisiones existentes podríamos bastarnos; la oportunidad parece bastante interesante y si la aprovechamos como debería ser, me tranquilizaría mucho pues dejaríamos muy solvente la compañía y ,en particular, usted, apreciado Marco, tendría un status más elevado, con unas condiciones contractuales muy diferentes que garantizarían la comodidad de su descanso, eso sí, si es que algún día decide dejar la compañía. Inicialmente, tendría la oportunidad de especializarse, un par de años, en el extranjero; por fin podrá poner en práctica su pasión por el inglés, apreciado Marco. Por el momento, es todo lo que le puedo decir. Con los antioqueños estamos precisando el nombre de la división y los insumos requeridos, también los proveedores nacionales y extranjeros. En estas próximas semanas realizaremos una reunión de la junta directiva y socializaremos, lo referido, con una información más cabal. Por eso, Marco, lo necesito para llenar la plataforma, me gustaría que, a pesar de todo, adelantara alguna proyección partiendo de nuestro presente; esta información la requeriremos el día jueves para enviarla a Medellín. ¿Cuento con usted, amigo Marco? Si es así, ¡Celebremos con un tinto recargado, nuestro nuevo futuro, también su pasaporte y su próximo ascenso! Mientras un tanto perplejo se dirigía a la pequeña cocinilla de la empresa, aprovechó para enviarle un mensaje de texto a Alba Liz para decirle que no viajaría en esta oportunidad, después de prometer una llamada para explicar el porqué. Don Eduardo servía las dos tazas de café, lo miraba debes en cuando a los ojos, mientras, como siempre, se ensimismaba, y comenzaba sus acostumbrados circunloquios. ​ --- “Son pruebas de la vida. Apuestas por cumplir o por fallar. ¿Recuerdas cuando me comentabas ese singular relato: “el Disparo” de Puschkin?, ¿un duelo que venció el poeta en su prosa; pero le costó al final en vida propia? De eso se trata este devenir vital, antes que dejarse arrastrar por las repetitivas y ya fatigadas circunstancias. Ni mucho menos, mi interés ha sido batirme en duelo de mercados, prefiero los paraísos interiores y exteriores; ya vez, el tiempo asalta, fustiga, reprende si no somos capaces de presionarlo lanzando hacia el vacío nuestras cómodas posiciones. Impulsando nuestra propia roca, también empujamos la roca de los demás, para bien o para mal; se pensará que es una decisión objetiva y fortuita, no es más que otro albur gelatinoso y al garete... confiamos en él, como el trapecista en su pequeña barra y sus dos cuerdas. Seremos péndulos humanos, sobre diferentes mundos por crear, finalmente, de eso se trata la vida: soportar nuevas pruebas aunque no las hallamos elegido... muchas gracias, Marco Antonio, felicitaciones de nuevo, dile a Carmen que te enseñe la plataforma por llenar...” ​ Marco Antonio se sintió de nuevo como aquel día cuando le hablaba de la verdadera belleza al salir del almacén. La noticia realmente era especial: no sólo su ascenso sino, además, su prometido viaje; un verdadero voto de confianza y una inesperada realización personal. Nunca había creído hacer posible el sueño de estudiar en el extranjero y, entre otras cosas, dominar un segundo idioma. Era indudable, las circunstancias habían cambiado, no para mal, al contrario, para el mejoramiento de las condiciones de la empresa y para él mismo. No era gratuito, entonces, que las buenas noticias vinieran de Antioquia, finalmente, ¿desde allí no provino el fundador de la compañía? Don Eduardo, no dejaba de ser, sin embargo, una persona singular. Supuestamente lo invitaba con un tinto a celebrar pero, de nuevo, como siempre, comenzaba con sus monólogos extraños: Como si su deseo y su esencia caminaran cada cual por un camino diferente. Le gustó a Marco el comentario sobre sus comunes gustos literarios, mas hablar de esta manera le inclinaba a pensar en él como una persona irresoluta, nunca completamente plena con sus decisiones y perspectivas. Para Marco, Don Eduardo Lozano, debía dedicarse a la academia o a la poesía, pues su exacerbado idealismo no encontraría sentido en el mundo de los negocios. Esta noche Marco Antonio dormiría plácido. Madrugaría a trabajar el domingo y el lunes de feria, con nuevas expectativas que hacía algún tiempo no lo acompañaban. Se olvidaría, entonces, por un tiempo de tantas preocupaciones, incluso, le satisfaría mantener, por algunos días, su boca cerrada.

  • CAPÍTULO V

    --- Mamá, me pasas un poco más de ensalada, porfa... --- Sí, Sandra. ¡Sírvete a tu gusto! --- ¿No les había contado? Javier Van den Enden inicia la semana próxima sus estudios en Cambridge. --- Y tú “muerta de envidia”, hermanita. --- ¡No la molestes Leandra!, reprendía su madre. --- Pues sí, en esto tiene razón mi querida hermanita, estoy “muerta de la envidia”; o ¿acaso alguien piensa que no puedo continuar mis estudios en Inglaterra? para algo debe servir “Químicos Lozano”, ¿no crees papá? Don Eduardo se sintió aludido, no quería participar en la particular discusión en horas de almuerzo. La pregunta, sin embargo, inquiría una respuesta. --- Pues, hija, también deberías preguntarte qué ofreces a la compañía a cambio de dicha inversión. --- Ay, Papa, sabes muy bien que los químicos no van conmigo, prefiero los verdaderos negocios. No desperdiciaría un posgrado en Cambridge si no estuviera relacionado con mis verdaderos intereses. Di que sí mi Pa, eso sí... no esperes nada fuera de mi grado, !no seas interesado!. --- Bueno, hermanita, pues si tanto deseas de nuevo estudiar, ¿por qué no ahorras o haces un préstamo? Tienes un título de Economía en una prestigiosa Universidad de la capital. Ándale, no duele... --- Ya conoces a tu papá, Sandra, sentenciaba la madre, siempre “tan precavido”... yo diría mejor, “tan conformista”... ¿para qué dedicarse tanto a una compañía si, finalmente, no es para el beneficio de su propia familia? --- Recuerden, es una herencia, no sólo pertenece a nuestro pequeño núcleo familiar. ¿Qué opinas Ricardo? Prudentemente su hermano se mantenía en silencio. Había vivido toda la vida de los réditos de la empresa, por eso la interpelación seguramente encontraría en él un apoyo. Sin embargo, el cariño prodigado a su sobrina favorita, asomaba una pequeña inflexión que llevó a agitar la discusión. --- De acuerdo, Eduardo. El patrimonio familiar no debe derrocharse; con el tiempo lo haz manejado con mucho cuidado, en la familia no existe ni la menor muestra de inconformidad. Otra cosa es que algunos te consideramos realmente temeroso. Piensa con cabeza fría: ¿qué hubiera pasado con la empresa naciente, si mi abuelo no se hubiera decidido a tomar ciertas arriesgadas posiciones?, sin lugar a dudas, fue la más acertada decisión pasar de la alimentación a la siderurgia, y de la siderurgia a la galvanoplastia en el auge de tales industrias. Imagínate si nuestro padre no te hubiera incentivado, semana tras semana, tus estudios; recuerda, también estudiaste en el extranjero, otro tipo de cursos tampoco directamente ligados a la ingeniería química; a pesar de todo. Reflexiona: Estelita, tu y yo seremos la última generación que dependerá directamente de “Químicos Lozano”; mientras tanto, mi sobrina también requiere estudios sólidos para asegurar su porvenir. --- ¡Buena esa, tío! ¡Así se habla! Realmente me comprendes. Entonces, ¡alcemos la copa y brindemos por mi próximo título! --- Hablando en serio Sandra. ¿Es una decisión coyuntural o la has venido planeando? Cambridge no es cualquier escuela, exige demasiado incluso para su ingreso. Donde estudié la Maestría conozco un profesor egresado y, según nos compartía, le costó años de preparación para poder ser admitido. Junto con Oxford es el centro de tradición cultural inglesa. Una apertura general a otros conocimientos es parte de la formación integral en Cambridge. Si lo estas pensando en serio, te relaciono con este profesor para que él te relate su proceso. --- Gracias, hermanita, con Javier, me basta y me sobra. Él está allí y, con todo respeto Lea, si es un amigo tuyo, difícilmente pisará la tierra; me contará el origen templario de tan prestigiosa Universidad, qué simbolizan las palabras latinas en su escudo, y cuando termine de explicarme todo, ya habrá pasado el periodo de inscripciones para este año. --- Me parece una muy buena idea la que te propone Leandra, aclaró Eduardo, mientras puedas adquirir un mayor contexto y conocimiento de una futura escuela, tanto mejor... --- ¡Pues se juntó el hambre con la necesidad!: la historiadora con el idealista. --- Respeta a tu padre, ¡Sandra! --- Está bien, mamá. No quiero ser engañada como a una niña a quien no desean tomar en serio. Hablaré con Javier frente a los trámites, se los compartiré. Al fin y al cabo, una parte de esa empresa también pertenece a cada uno de nosotros. La situación estaba zanjada. En una orilla Sandra, la esposa de Eduardo, y el tío Ricardo reclamando el derecho adquirido, la función familiar de la sociedad; por otra parte, Leandra y Eduardo, llamando a la prudencia, a la sensatez frente al examen de las propias decisiones. Leandra, a pesar de ser la menor, parecía más madura que su hermana mayor. Con sus 27 años, ya llevaba dos enseñando historia en la universidad pública de su ciudad; con su propio sueldo había pagado una Maestría en Antropología. Su cabello castaño, ojos profundos, tez blanca y unas manos finas y bien delineadas, correspondían muy bien a la mezcla de seriedad y de ternura que matizaba su especial manera de ser. Sin lugar a dudas, había heredado de Eduardo sus formas y maneras, también su modo particular de apreciarlo todo. Como su padre, se encontraba mucho más allá de todo realismo. Sandra, en cambio, se parecía más a su madre, Constanza. Fustigaban permanentemente por lo que consideraban un modo mejor de vivir la vida. Inclinadas, por sobre todas las cosas, a la seguridad que pretenden brindar el éxito y las realizaciones materiales. El agua y el aceite, eran las dos hermanas, ninguna de ellas, como también pasaba con los dos hermanos y cinco sobrinos de Eduardo, interesados en dirigir, alguna vez la compañía. En ese momento doña Constanza interpuso: --- Me parece completamente justo lo que aspira nuestra hija. Repito, no hay ningún pecado en poner la compañía al servicio nuestro, no será un capricho ni despilfarro alguno. Además nos sentaría muy bien de vez en cuando visitarla. Es un regalo que realmente nos merecemos. ¿O es que, acaso, ustedes dos no quisieran viajar a Europa con un pretexto tan sano como el visitar a Sandra? --- ¡En que estamos pensando por favor!, advertía Leandra. ¡Nosotros pensando en viajar cuando nuestra tía Estela va a iniciar el costoso proceso de diálisis de su esposo! ya renunció por él a su trabajo y ahora es cuando realmente nos necesita. Tío Ricardo, ¿no sería mejor conocer las prioridades familiares, ordenarlas y después sí examinar qué decidimos? Lo siento por ustedes; no tengo ningún afán de viajar a Europa; y si lo hago alguna vez, sería por mis propios medios; y, discúlpame mamá, no necesitaría ningún motivo especial para ello. Eduardo, ya estaba empezándose a sentir un tanto malhumorado. No entendía por qué cada vez se repetían ese tipo de discusiones en horas de descanso. Levantando las cejas le hizo una señal a Leandra y con un gesto firme de su mano, cerró la boca sorprendida de Sandra y de Constanza. Sólo Ricardo mantenía la atención en el noticiario de las doce. --- Tengo algo que requería decirles: en semanas pasadas hemos recibido una propuesta de una compañía de Medellín -Ricardo bajó el volumen del televisor- les interesa crear, para nuestra compañía, una quinta división; necesariamente, implicaría ampliar dos o tres veces el tamaño de la empresa. Esperan que esta semana le entreguemos algunos estudios, el Doctor Cadena y Marco Antonio trabajan en ello, recibiríamos, por este concepto, una importante inyección de dinero y, posteriormente, resolveríamos todo frente a esta nueva línea de comercialización. Requeriríamos, si es del caso, nuevos insumos químicos nacionales y extranjeros. Marco Antonio se especializará en el extranjero sobre cómo atender este nuevo negocio, según procesos de certificación internacionales. Ya ves Sandra, ¿cómo la compañía podría apoyarte en los estudios si algún día lo decidieras? me preocupa la falta de relevo familiar en nuestra empresa y por eso me voy a jugar con este capital de riesgo, y con esta nueva división para nuestra empresa. El contexto está óptimo para contemplar esta modernización, me explica el doctor Cadena, y observo, definitivamente, la oportunidad para asegurar el bien de la compañía y nuestro propio futuro. Incluso me hablaron de una posible nueva sociedad. Miradas de satisfacción fueron muy bien recibidas por Eduardo. Sabía muy bien que el sólo nombrar al Doctor Cadena era una garantía de confianza para Ricardo, Constanza y su hija mayor. Sólo Leandra no se alegraba: desconfiaba de todo lo que apareciera como horizontes sin problemas. --- Y ¿de qué se trata la nueva división papá? ¿Cuál es el ramo de estos antioqueños? ¿Con quienes están aliados? ¿Dónde y sobre qué temas se especializará nuestro fiel Marco Antonio? De eso tan bueno no dan tanto... Le sorprendieron las tres agudas preguntas de Leandra, Pues no escuchó de Marco Antonio ninguna inquietud parecida. Repetía automáticamente lo mismo: ...que estamos por esperar la propuesta del nombre de la división... que se están definiendo los nuevos insumos… que están negociando con la reserva del secreto industrial de los bienvenidos proveedores, etc. Que en el transcurrir de un par de semanas tendría información más precisa. Sólo se atrevió a decir que era un ramo en el momento muy demandado y con una segura perspectiva. Con ello se dio final a la discusión familiar. Se terminó, también, el noticiero. Ricardo tocó el hombro de su hermano: ¡Te lo tenías bien guardado! gritaba, mientras le pedía disculpas por llamarlo temeroso. Un beso sintió por parte de Sandra en su mejilla, y por parte de doña Constanza el orgullo de macho resarcido. Sólo Leandra lo miraba extrañada yéndose en silencio hacia su cuarto.

  • CAPÍTULO VI

    Una revisión contemporánea de la cultura Quimbaya esperaba a Leandra en su escritorio. Llegaría el momento de retomar la lectura para buscar nuevas pistas frente a su próxima investigación. Le interesaba profundizar el valor simbólico de la tierra en las culturas precolombinas, ante todo en su región del eje cafetero. Su tema aún lo sentía demasiado amplio, necesitaba precisar mucho más sus intereses. Al consultar su correo electrónico, esperaba encontrar respuesta para algunas preguntas académicas, sin hallar ninguna información precisa. En ese momento realizaba un acto mecánico, pues sus pensamientos estaban más allá, de dichos propósitos. La incomprensión la acompañaba. Se desconocía entre los suyos. Pareciera que todos por alguna razón tuviesen un hilo umbilical que los ataba; esta sensación la notaba incluso en su padre, a quien siempre había considerado tan cercano. Se sentía sola en su manera de pensar y de obrar. Distante, necesariamente, de los juicios de su madre y de su hermana. Claro era el llamado de abandonar la casa materna. De explorar, porqué no, una modalidad alternativa de trabajo. Sin experiencia de campo, ¿para qué hacer, entonces, alguna investigación de carácter cultural? Le atraía, también, ausentarse de la ciudad, palpar los prístinos significados en sus sitios originarios, comprender en la relación cara a cara, conceptos renovados sin supeditarse tan solo a los libros. La decisión estaba tomada: cuando terminara de precisar su investigación buscaría el lugar o lugares más indicados para habitar, de acuerdo con sus intenciones, los diferentes territorios. Por minutos, un duerme vela la llevó con aparente conciencia a cerrar sus ojos. Recostada en su cama afinaba su intuición. No creía en la seguridad de su padre - algo ocultaba- aún no lo comprendía del todo; pero, a todas luces, algo le inquietaba. Las palabras, las escuchaba y pesaba mejor en este estado, también escrutaba mucho más hondo la mirada impávida de Eduardo. El movimiento de las manos rechazaban lo que él intentaba decir, aún la respiración de su padre se dilataba más rápidamente entre ideas inconclusas. Su frágil vigilia momentánea, la llevó a tejer una conversación entre almas: ¿Qué estás haciendo papá?, ¿hacia dónde te diriges?, ¡Toma de nuevo tu propio rumbo!, ¿para qué intentar atracar en puertos desconocidos donde, tan solo, nos recibirá la penumbra? ... como reacción sólo percibía de su parte, unas pupilas más esquivas, un sudor humedeciendo el cuello de su camisa, un mudo y seco suspiro. El último sonido la hizo rápidamente levantarse. Sabía que no quería permanecer por más tiempo en casa y que otro destino por ella esperaba. Entre tanto, Marco Antonio regresó a su puesto de trabajo, a las dos de la tarde. Había resuelto dejar para después sus reflexiones frente a todo lo sucedido en la mañana. Bebía cierta tranquilidad, de la misma manera como había sorbido satisfecho la sobremesa de su almuerzo. Si bien su colega asistente lo acompañaba, no escuchaba el bajo volumen de la acostumbrada música salsa transmitida por la radio. A cambio, a su frente estaba sentado un rostro adusto, de quien no iba a escuchar alguna broma acostumbrada. --- ¡Viva Colombia! ¡El vanaglorioso arte de trabajar por horas extras!... Ni tan siquiera le respondía su interlocutor, con una leve sonrisa continuaba casi impertérrito ante los papeles de turno. Marco Antonio por unos instantes fue capaz de ser respetuoso frente al silencio de su compañero. A pesar del tiempo compartido; no habían, en verdad, compenetrado. Sabía que era oriundo de uno de tantos municipios del Departamento de Caldas. Allí aún conservaba parte de su familia, el gusto por la salsa era un patrimonio común de su región “calentana”. Era un responsable y rendidor auxiliar comercial de origen afro y mestizo. --- ¿Cómo anda todo, Alberto? ¿Algo en particular te preocupa? --- Pues, hombre, para que le voy a negar; sí, un asunto familiar...realmente me preocupa. Marco mantuvo silencio. ​ Después de cinco minutos Alberto lo convidó a la cafetería de la esquina, como muy debes en cuando solía pasar. --- Resulta, Marco, que el sobrino más querido de mi mamá todavía vive en Cartama junto con dos de mis tíos con sus familias. La situación en Cartama hoy en día está muy difícil. No sé si has escuchado alguna noticia, aunque de eso poco se habla en los medios. La minería está mal, está muy, pero muy mal... desde que la multinacional compró muchas de las bocas de mina tradicionales, la gente se quedó sin donde trabajar. Les toca apropiarse, sin permiso, de lo que antes era suyo y se exponen más de la cuenta en la guacha. --- ¿La guacha?, ¿Qué es la guacha? Preguntó Marco. --- La guacha es esa nueva manera de extraer el oro en minas ahora abandonadas. Al no existir como antes la propiedad de las minas tradicionales, al haber sido descuidadas por la multinacional, meses y años ha pasado últimamente que personas de otros municipios no acostumbradas a la minería, han comenzado a extraer, sin los cuidados básicos, el material, intentando ir directamente a la Veta exponiendo su integridad física. También existen mineros cartameños que trabajan en la guacha, por su conocimiento aún mantienen las mínimas medidas de seguridad. Sin embargo, estos guacheros venidos de otros lados, se han convertido en un verdadero problema: muchos se han adueñado de algunas casas y recintos abandonados en torno a la plaza patrimonial, alterando nuestros ritmos y costumbres. --- Complicada la situación, Alberto. Entonces, ¿cuál es tu preocupación particular? --- Desde hace un par de meses, el gobierno ya ha prohibido que continúe la venta de dinamita para los mineros de mi tierra. Finalmente sin este detonante no pueden continuar explotando las minas; el sobrino, como otros tantos, vive de esta actividad y se han visto en la necesidad de hacer de manera “hechiza” su propia dinamita. --- Ah, Alberto, según tengo entendido, estos son los riesgos por llevar a cabo la minería de manera ilegal. --- No, Marco, un momentico... no tragues entero. ¿Sabías que Cartama es uno de los municipios más antiguos de Colombia, donde toda la vida se ha extraído el material desde, incluso, la época anterior a la conquista? Indígenas, afrodescendientes e, incluso, mestizos y extranjeros han conformado una típica cultura minera, siglos antes que a cualquier gobierno nacional se le ocurriera señalar el trabajo de la minería tradicional como minería ilegal. Se llama minería ilegal, irresponsablemente, a la histórica minería artesanal, para impedir que esta se lleve a cabo. Más bien, se legaliza la gran minería de las multinacionales protegida por el gobierno pues, según ellos, reporta mayor sostenibilidad ambiental y económica. --- Pero, Alberto, yo he escuchado que en la minería ilegal existen actividades ligadas al narcotráfico, la guerrilla y hasta las Bacrim. --- ¡Ojo! Marco, no confunda la minería tradicional de los mineros artesanales en pueblos mineros como el mío, de la minería criminal en otros lugares del país. El error del gobierno es colocar en el mismo saco, la minería tradicional como si estuviera en la misma categoría ante otras actividades delictivas. Por ejemplo, mi sobrino: durante más de 20 años ha trabajado en minas y molinos que pertenecían a familias tradicionales de Cartama. De un momento a otro, a los dueños le exigen que vendan. La multinacional cierra las minas. La abandonan un largo tiempo, y cuando quieren volver a trabajar en el oficio, ahora son dizque “ilegales”... cuando menos piensan tienen que abrir a la fuerza lo que antes les pertenecía, y exponerse aún detonando sin las debidas condiciones dinamita artesanal. Pues en una de estas, ayer para ser más preciso, se produjo una explosión en una de las minas, y ahora mi sobrino y otros compañeros están heridos en el hospital del municipio. Su esposa está muy preocupada, él puede perder un brazo, hasta un ojo, y nos preguntamos ¿qué vamos entonces a hacer con él y con su familia? --- Lo siento, Alberto, realmente es un asunto muy delicado. Por el momento, esperar su pronta recuperación. Si en algo puedo colaborarte, no dudes en decirme. No sé específicamente en qué, pero cuenta con migo. Parece muy compleja la situación de tu pueblo... --- La próxima vez que hablemos, tendrá que ser con varios refrescos encima pues esto va para largo… contestó Alberto. Tendría que hablarte de historia, del valor de nuestro cerro, hasta de nuestras brujas. Y, por qué no, también podría llevarte a que pruebes la agüita de Cascabel, para que no dejes de regresar a nuestra tierra. Además de esa agüita de Cascabel, a Marco le llamó la atención, la invitación a tomar refrescos; le recordaba las antiguas fiestas de adolescencia. Su ignorancia desconocía que era la manera más común de llamar, en Cartama, a la cerveza.

  • CAPÍTULO VII

    Esos próximos cuatro días mostrarían el repetitivo trabajo de Marco Antonio llenando información de acuerdo con las caprichosas entradas de la plataforma virtual. Por momentos se levantaría, intercambiaría un saludo y una pregunta sincera sobre el familiar de Alberto. Marcharía a casa, para regresar al día siguiente a mantener su rutina. Llamaría a Alba Liz, le diría que lo esperara el próximo fin de semana. Leería un momento en su cuarto, se dormiría rápido por el hastío de haber visto tantas columnas, tantas filas, números y palabras; reposaría, entre tanto, con el anhelo de haber encontrado la esperada tranquilidad. Su camino era un circuito cerrado: del trabajo a su casa, de su casa al trabajo. Detenerse un instante en el restaurante del barrio, sumergirse en sus suplementos, pantallas, balances. Como un refugiado huyendo de su propia vida inaceptable, iba dejando sus rastros entre los vestigios de un transcurrir ya planeado... Eduardo, por su parte, se tomaría muchas veces la cabeza. Miraría durante noches de insomnio, la semblanza expectante de su padre, de su abuelo. Esquivaría la desconfianza de Leandra, recibiría atenciones de su esposa, escucharía los proyectos de Sandra. Ricardo lo felicitaría una y cien veces. En su soledad se preguntaría si, realmente, estaba haciendo lo correcto. Recordaría, cual si lo hubiese acabado de escuchar, como resonaban las palabras de la última llamada recibida desde Medellín: “No es un negocio querido por todos, en algunas partes, tiene verdaderos opositores; pero al final, le aseguro, es un gran negocio; exitoso en países desarrollados. No se preocupe: demostraremos con nuestra tecnología, que es una actividad que se puede hacer muy bien, con beneficio para todos, incluso para las comunidades,... un ejercicio verdaderamente responsable”. ​Sí, sin lugar a dudas, no podía equivocarse… estaba haciendo lo correcto; el doctor Cadena era una prenda de seguridad, como también las compañías nacionales y extranjeras interesadas en la sociedad. Tenía un verdadero apuro por leer. Le ayudaba a salir de la tensión. Pareciera cargando con él, toda la preocupación de las últimas semanas que acompañaron como una sombra a Marco Antonio. Tomaría varios libros, los ojearía, devoraría algunos cuentos breves, visitaría la biblioteca municipal para alegrar su vista; empero el verdadero relato estaba porvenir, en los siguientes capítulos de su historia presente. Salió y entró de la casa tantas veces; el mayor tiempo lo pasaba navegando en internet. Esperando las respuestas prometidas, revisando los lugares y los barrios donde poder trasladarse. Un bar nocturno se había convertido en su lugar favorito. Divagaba a solas, como dialogando con su cigarro, con cada copa, cada vaso o cada botella ocasional. Leandra tenía ahora varias hipótesis por contrastar; ninguna relacionada con su investigación, todas indagaban la quinta división de “Químicos Lozano”. ¿Químicos Lozano?, por cuánto tiempo más, ¿“Químicos Lozano”? No sabía si era el efecto de las recientes lecturas sobre experiencias transpersonales en sus estudios etnobotánicos, o sólo una repentina embriaguez inesperada; de repente observaba a su abuelo y a su padre absorbidos por un sifón gigantesco, para luego encontrarse sosteniendo el pote moderno de un nuevo químico que le permitía destapar la hediondez de sifón. Este maravilloso líquido tenía un código de barras, con marca paisa y extranjera. Llegaría tarde a casa, preocuparía a sus padres, no volvería jamás a saludar en paz a Eduardo, maldeciría la red, y tomaría, ya era tiempo, un lugar de residencia en un barrio más popular del que había habitado con su familia. Llamadas por la mañana, tarde o noche realizaba Alberto a Cartama. Desde el hospital le habían informado que habían podido salvar finalmente el brazo y el ojo de su sobrino; sin embargo, una seria afección en la columna, iba a evitar su labor en la guacha durante meses. Tres de sus compañeros no contaron con igual suerte, uno de ellos murió a pesar de fieles oraciones. Mordiendo la preocupación, Alberto continuaba apoyando a Marco Antonio. El trabajo debería estar listo para el jueves. Los próximos refrescos sabrían amargos junto a otra música distinta de la acostumbrada. Gasas, pastillas, y ungüentos empezaron a cooptar sus horas. Calmaba la ansiedad permanente de su madre, al intentar mantenerse al tanto de todo. ... Retocaba por enésima vez aquel extraño follaje. Lucía definitivamente más temerario de lo que él mismo hubiese pensado. Más fucsia, más rojo intenso se revelaban las bocas; hasta intentó en un rincón opaco y despoblado pintar la expresión inexpresiva del caro amigo de la boca cerrada. Un blanco hueso, desvaído, se apagaba cansino. Sujeto a unos labios insulsos, sin saliva, ni amparo... espirales de ópalo y fuego, celebraban sus danzas, membrillos y nenúfares florecían al tenor del estío, palmas de manos, también golpes de puño, plasmados sobre tantas imágenes... Eugenio y Alba Liz, Alberto y Eduardo, Sandra y Leandra, Cadena y Ricardo... cuantos otros mosaicos bajo un cielo encubierto...

  • CAPÍTULO VIII

    El jueves, después del medio día, el trabajo estaba concluido. El jueves, después del medio día, el trabajo estaba concluido. Valió la pena el esfuerzo conjunto. Sin dificultades se había enviado a Medellín toda la información requerida. Satisfechos el Doctor Cadena y Don Eduardo compartían pareceres. Jesús Cadena consideraba que estaba madura la empresa para empezar sus nuevos compromisos. Se trataba de abrir no solamente una quinta división, además de ampliar la estructura organizacional completa de “Químicos Cadena”, perdón... “Lozano”... adquirir, por qué no, unas nuevas sucursales en las regiones donde se trasladarían con sus respectivos depósitos. Era una significativa suma de dinero para no dejar en remojo; dinero para invertir contante y sonante, dinero por multiplicar. Don Eduardo pensaba en las obligaciones por asumir con la contraparte: por primera vez, se iba a contar con accionistas externos al reducido núcleo familiar, por vez primera, una compañía nacional mucho más grande, los integraba en su portafolio de servicios. Se había tenido en cuenta, además, el compromiso de evaluar en un año la posibilidad de aliarse no sólo con la empresa antioqueña, también, con las compañías extranjeras de acuerdo con la capacidad, la calidad, y los rendimientos reportados. Cerrando el programa informático, Marco Antonio reflexionó un momento, ahora sí, sobre lo sucedido en los últimos días. Este pensamiento le acompañaba mientras caminaba hacia su casa. Había sido casi una semana continua llenando formas y formas, recabando información actualizada, desempolvando otros datos que no hubiera podido obtener sin el concurso de Alberto, Carmen, Jesús Cadena y el mismo don Eduardo. ¡Qué mundo tan detallado se había convertido el mundo de los negocios! con razón pagaban por ello... ¡Todo tenía que estar respaldado por algo, todo debía ser con algún papel verificado! no había oportunidad para la improvisación, el descanso, o para algún albur, más allá de la locura que justificaba una aventurada deuda. Y, sin embargo, bajo estas nuevas condiciones se cargaban las rocas de los demás y la propia, como le había escuchado decir a su jefe en el último monólogo. Distraído, recordó a Sísifo, no sólo el personaje mitológico, también el símbolo “abstracto” ideado por Camus. Esperaba que esta roca no ascendiera tan alto hacia cimas insospechadas, mucho menos que él rodara con ella el resto de sus días; pero, por sobre todo, no quería ver la roca transformarse en su absurdo. Debía ahora ordenar su información. Decidió detenerse en el parque que atravesaba y sentarse en alguna banca donde encontrar sombra. Un renovado y mejor contrato, mayor status, mayores responsabilidades, en una compañía de mayor tamaño. Por qué no decirlo: un sueldo mayor. Con sus 45 años no se le hubiere ocurrido tener aún la edad para un posible estudio en el extranjero. Hace 18 años lo había intentado, mas no tenía ni el segundo idioma, ni la posibilidad que hoy le ofrecía su trabajo. Don Eduardo hablaba de Canadá o Estados Unidos, cuando retomó la conversación el martes pasado. Un par de años, tendría que estar viajando entre Colombia y el extranjero tras parciales estancias de 3 a 4 meses. Excelente oportunidad: el oxigeno requerido después de 15 años de trabajo rutinario. Menuda responsabilidad ¡En buen momento! su pensamiento optimista lo continuaba seduciendo. Prepararse debería ser, entonces, el motto de esta bienvenida partida. A su frente un auto se detuvo. Lo conducía una cara conocida. Parqueó por quince minutos mientras una mujer al descender se dirigía al edificio de enfrente. Marco Antonio no le quiso prestar mayor atención; no obstante, el saludo de la mujer le indicó lo vano de ocultarse tras el silencio y la ausencia. --- ¿Cómo le va, Marco Antonio?, un verdadero gusto toparme con usted. ¿Tiene un rato?, podríamos tomarnos algo y hablar un poco, hace mucho rato que no charlamos, ¿le parece? --- Muy buenas tardes, señorita Leandra, me parece bien, si no le quito algún tiempo. --- Para nada, Marco Antonio, podríamos elegir la cafetería de la esquina. Se ve bien... Rápidamente Marco Antonio se dio cuenta del cambio asombroso de la Leandra que conocía. No la veía desde hace ya unos tres años cuando ella emprendió su estancia en Bogotá para estudiar su posgrado. Como explicarlo, su transformación no estaba en su vestido o en su peinado, mucho menos en su segundo título. Quien le hablaba ya era una mujer y no aquella jovencita que apenas iniciaba la Universidad. --- En este rincón está bien, estamos lejos del televisor, la música esta suave... por lo menos nos podremos escuchar... --- No había tenido la oportunidad de saludarla después de su regreso. Su padre me había comentado lo exitoso de sus estudios; pero aprovecho para oírlo de su propia boca: dígame señorita Leandra: ¿Cómo le fue en la capital y con su posgrado? --- Con mis estudios bien, Marco, con Bogotá muy mal. Es una ciudad tan grande y agobiante. El transporte se hace, a veces, insoportable y, en verdad, no cambio el clima de mi tierrita por nada del mundo. Terminé mi posgrado, muy contenta. Era lo que realmente esperaba. Sabía Marco, le estoy muy agradecida por haberme dado a conocer ese libro y ese autor que me ha servido tanto. Lo leímos integro en una cátedra llamada “Introducción General de la Antropología”; con este libro comprendí que, si bien mis intereses para hacer el posgrado tenían que ver con la arqueología, no puedo dejar de admitir que esta novela fue, definitivamente, la clave para decidir el tema de investigación en mi trabajo de tesis. --- Sí, Don Eduardo me contó que estuvo con los Barí, en límites entre Colombia y Venezuela. --- Lo tiene presente Marco, muy bien, pues realmente me interesa trabajar con las culturas vivas, y no con su pasado o sus vestigios, como pensaba antes. El trabajo que hice sobre los tejidos de parentesco fue bastante satisfactorio para mí. ¿Y usted Marco?, cuénteme, ¿qué ha hecho de nuevo? - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Le pareció, como nunca, excesivamente larga la pausa para intentar una oportuna respuesta. Ella había sido sincera, no buscó frases de cajón, ni se dio ínfulas de más. Debería responder lo correcto para no pagar con hipocresía, la amabilidad que tenía ante sí. --- Nada realmente nuevo, señorita Leandra... --- Le regalo el señorita, interrumpía. --- Pues sonará así, sonreía: nada realmente nuevo Leandra. Lo realmente novedoso parece estar por pasar y será necesario prepararse muy bien para ello. Lo digo porque el martes conversando con su padre, me daba a entender que ya había socializado el panorama de la empresa con su familia. --- Sí, Marco Antonio, tiene razón. Además del gusto que tenía por saludarlo y agradecer el valor que para mí después de los años ha tenido su obsequio; me fue imposible no invitarlo a tomarnos este café, para conversar sobre lo que me acaba de mencionar. Espero no lo tome a mal y, ni mucho menos, lo ponga en una posición incómoda, Marco Antonio. --- En absoluto, seño… perdón, Leandra; sólo tengo una información muy general que intentaba organizar en la banca de este parque. Quizás con este diálogo desmadejemos, especulemos o inventamos, algo nuevo, si es necesario, para el bien de todos... Los dos rieron quizás por ser la primera tensión de la charla o, simplemente, porque Leandra descubrió en el fiel Marco Antonio, a alguien con una dosis de humor casual y mordaz. --- Bien, Marco Antonio, antes de especular y de inventar algo, concentrémonos en lo hasta hoy conocido. Usted me corrige: “Químicos Lozano” tiene una interesante propuesta con una atractiva inyección económica, no sé cuánto, ¿usted como contador de la empresa lo sabe, Marco Antonio? --- Ni idea, Leandra --- Esta propuesta la recibe de una llamada telefónica hecha unas semanas antes desde Medellín. Tiene que ver con una nueva división para la empresa, nuevos insumos y proveedores, incluso traídos del extranjero. Quienes entran en el negocio están muy interesados y requerirán de mi padre, el doctor Cadena y de usted, Marco, una alta responsabilidad asumiendo cursos de capacitación y certificación en Norteamérica. ¿Me equivoco Marco, o algo he inventado? --- Para nada, está en lo cierto. Le sorprendía a Marco Antonio la capacidad que mostraba Leandra para hilarlo todo, y suavizar, a la vez, con su voz y maneras, una conversación que parecería un directo interrogatorio. --- También se trata de hacer una posible “Sociedad”, de expandirnos en otras regiones de Colombia y asegurar, por vez definitiva, el porvenir económico de la empresa. ¿Algo por complementar Marco Antonio? --- Sólo aclarar una cosa: la posibilidad de generar la “Sociedad”, dependerá de la evaluación entre las contrapartes durante el primer año, según el rendimiento y las metas establecidas. --- Nosotros, una compañía paisa y los socios extranjeros. ¿Estamos? --- Así es, señorita. (Automáticamente, respondió de esa manera) Sin percatarse, Leandra seguía adelante... --- Tengo entendido que según conversaciones sostenidas con los próximos socios antioqueños, esta semana se enviaron los primeros documentos en regla para responder a la propuesta. --- Leandra, está muy bien informada. Hasta allí manejo información. Alberto y yo llenamos una plataforma virtual, nada diferente a un balance y una historia muy pormenorizada de la compañía. --- Gracias, Marco Antonio, hasta allí también tengo información. No obstante, tanta insistencia y sacarle-- ¡Créame!-- algunas respuestas con ganzúa a mi padre, no he podido conocer más, a pesar, se lo digo con conocimiento de causa, de todos mis esfuerzos... ¿otro café Marco Antonio? o prefiere mejor una tisana para esta preocupación. ¡Lástima estar manejando!... si no, me tomaba algo mucho más fuerte... Mientras respondía afirmativamente, Marco Antonio, escuchó de parte de ella un permiso para fumarse un cigarrillo afuera del local. Se observaba a Leandra realmente inquieta. Le recordaba como se había sentido él, en las últimas semanas. Al regresar el ambiente estaba realmente tenso. Sólo serias expresiones confrontaban las pupilas. --- Con todo respeto, Marco Antonio: ¿Se ha preguntado de qué se trata ese quinta división? existe un cierto hermetismo que no me gusta, ya es tiempo de conocer su contenido. --- Sí, Leandra, tiene razón, me ha sorprendido tanto sigilo. He entendido que desean tener una información muy clara, antes de realizar una junta directiva. Existe en la industria química permanentes demandas de acuerdo con las actividades económicas en auge. Me ha impactado mucho la noticia y he estado obnubilado reflexionando sobre mis oportunidades personales, con alegría y algún temor. Conociendo la tradición de la familia y la calidad humana y profesional de su padre, estoy seguro que debe ser un buen negocio con un beneficio colectivo, como le he escuchado mencionar. Cierto meneo de su cabeza, e impaciencia con los dedos de sus manos, la delataban: --- Ya entramos en el campo de las especulaciones. Usted tiene más bases económicas que yo. Ha trabajado un tiempo razonable en la empresa y en este momento podría intuir diversas posibilidades. Tengo algunas hipótesis; no quisiera mencionarlas sin antes atender las suyas, ¿de verdad Marco, no ha pensado en eso? --- Pues dedicarme con tiempo y cuidado a pensar en ello, la verdad no lo he hecho. Lo justifico quizás porque estuve unas semanas bastante estresado con los comportamientos y silencios que se respiraban en la oficina. Esporádicamente, sí se me ha cruzado algún pensamiento antes de dormir. Pienso que viene el boom de la agroindustria y de lo que hoy en día se denomina el “Crecimiento Verde”: podría ser una serie de insumos dirigidos a la producción rural. Serían muy competitivos en el momento. Discúlpeme, que le hable como lo suele hacer el Doctor Cadena. En alguna elucubración acostumbrada de su padre, mencionaba algo así sobre “la riqueza de nuestros campos”... --- Podría ser Marco, yo también he pensado en esa posibilidad; entonces, ¿por qué tanto misterio? Ya está y tan se acabó: agrobusiness y ya, no estarían cometiendo ningún pecado. Sólo algunos ambientalistas se lamentarían por eso. Leandra comprendía, durante el transcurso de la conversación, que sus sensaciones no eran por él compartidas. Las explicaciones de Marco entraban en un círculo vicioso donde salía avante su admiración y respeto hacia Don Eduardo, y una expectativa optimista en la reunión que se avecinaba. Suele pasar que, a veces, los adultos piensan traer un parte de calma frente a los más jóvenes y se atribuyen, de manera tácita, cierta experiencia que aferra una seguridad tan fácil de mantener o desaparecer con los años. Leandra y Marco se despidieron. Ella tomó su auto. A él la banca del parque le observó: la iba a dejar a la espera como sólo una convidada de piedra. Antes de continuar su camino, algo lo detuvo... se dio cuenta que había pasado la tarde entre dos mitos: la imagen de Sísifo y el Prometeo. La estatua estaba por encima de su cabeza todo el tiempo mientras permanecía sentado; incluso aparecía transversal hacia la ventana de la cafetería. El Prometeo parecía en vuelo, sus piernas recogidas, los brazos rectos y extendidos: el primero vertical hacia el éter, el segundo como una veleta indicando el horizonte. Desde el vientre se manifestaban abiertos su torso y su cabeza, con un extraño bordado de tiras de carne. No se contemplaba su hígado, tampoco las cadenas, ni mucho menos los buitres planeando en torno; estaba la totalidad de su cuerpo cubierto por un color negro, seguramente producido por las brasas que lo habían calcinado. Con Sísifo purgaba su roca, con Prometeo algún fuego divino había robado; pero ¿qué nuevo conocimiento revelaría a los hombres si tan ni siquiera le importaba conocer el real contenido de la quinta división? continuaba siendo como siempre prudente, sin hacer nada indebido, atento a las reglas de la diosa sociedad, el caro amigo y ciudadano de la boca cerrada. Se alejó de tan contemporáneo y desconocido Cáucaso y retornó de noche, al permanente refugio de su casa.

  • CAPÍTULO IX

    Marco Antonio había arribado a Guacuma en día de Mercado, luego de descansar el viernes y sábado anterior. Casi tres horas de viaje con muchísimas curvas en la carretera lo habían guiado. Tuvo una emoción especial al ver desde la ventanilla del microbús aquel famoso cerro, con su tan insólito tocado. No sabía si era un hecho objetivo o una impresión personal la que impregnaba a aquella montaña de tan excepcional aureola: un atavío fantástico, milenario, ancestral. Recorría con curiosidad el parque y se encontraba con una venta campesina de productos de maíz y de trapiche. Había dejado atrás un prolongado malecón de piedra donde una fila de palmeras pintadas en su base de blanco intenso, azul, rojo y amarillo, dividían las dos amplias calles que daban la bienvenida al casco urbano del municipio. Numerosos toldos estaban colocados sobre la superficie de cemento; donde se vendían frutas, hortalizas, panela, azúcar, aparejos para el hogar, artesanías, ropa, libros, perfumes y cuadernos. Atribulado estaba el parque entre tantas personas. La mayoría vestidas de una manera muy tradicional con sus sombreros y sus ponchos, camisas de manga larga y pantalón de hilo o de terlenka. Se distinguían hombres y mujeres con facciones indígenas, quemadas por el sol, mochilas, bolsos de llamativas formas y tonos, bicicletas con paseantes y trabajadores, no faltaban los perros. Luego de subir unas grises y estrechas escalinatas se observaban, en la parte superior, parasoles con el amarillo, azul y rojo, como queriendo reemplazar las desaparecidas banderas en las astas de la rotonda. A los costados aparecían pequeños kioscos, otras mercancías, sobre las mesas o dispuestas en el asfalto, obstaculizaban el paso de tanto transeúnte. A Marco Antonio lo seguían casas de color crema, mandarina, blanco, celeste, curuba; con dos o tres pisos, fachadas con balcones modernos, y al fondo la cúpula central de la iglesia junto a dos rectas torres que terminaban en triángulos azabaches. Era ya medio día y luego de encontrar un hotel donde dormir esta noche, se dirigió, al frente de aquellos parasoles, hacia un restaurante para almorzar. En el piso de arriba se comía en dos pequeñas salas, luego de subir unas escalas donde estaban pegados carteles institucionales en la pared, sobre las barandas. El apetito hizo que Marco Antonio no se detuviera a conocer el contenido. Tomó el menú del día y le extrañó encontrarse en un lugar y entre personas más cercanas al ambiente de la ciudad, que al propio pueblo. El “ejecutivo” estuvo bien. El tinto lo tomaría en la cafetería donde quedó de encontrarse con Alba Liz a las 2:30. Al salir tuvo la oportunidad de leer la propaganda de la gestión de la Alcaldía, como de una compañía extranjera que se comprometía a realizar una “minería responsable”. Apenas estando afuera del restaurante se encontró un sorpresivo reclamo, bajo el cartel del nombre de una taberna: Hombres de Luz Me odian, ¿por qué me odian? ¿y me llaman ilegal? si yo nado en aluviones como los marineros en la mar… Me rechazan, ¿por qué me rechazan? ¿si yo a nadie le hago mal? sólo busco en socavones, la esperanza del metal… Me he entregado a mi faena, como a su tierra el campesino; soy la minería original del aborigen, del negro africano, y, en general, soy heredero de la minería ancestral. ¿Por qué, entonces, tú me llamas ilegal? No tengo gran tecnología ni mucho menos capital… la minería es para mi familia, para poderla alimentar… No soy un científico minero, soy un minero artesanal ¡no me llames ilegal! ¡no me digas criminal! Sólo intento allá muy dentro, buscar oro de verdad, soy quien va tras las luces, en la más profunda oscuridad. Por favor, ¡a mí me respetas! ¡no me llames… ilegal, no me llames criminal! No había caminado cuadra y media y ya se había encontrado con dos mensajes contradictorios. Imposible no recordar la conversación con Alberto. Esa misma situación parecía presentarse en Guacuma como un testimonio vivo del actual problema que experimentaban los mineros colombianos. Al rato estaba en “Xixaraca”. La cafetería donde esperaría a Alba Liz. Pequeña y moderna, la enaltecían dos atractivos imborrables: el aroma del café de origen producido por asociaciones campesinas de las veredas del municipio, y, al fondo, un espectacular cuadro que mostraba el cerro Karambá con su significativo emblema. Para los expertos, Karambá, era un batolito: una única y fuerte piedra. Su forma era la de una pirámide donde resaltaba en uno de sus flancos una cima que los otrora “hijos de la sal”, habían llamado “el Pico de Águila”. La pintura mezclaba una diversidad de verdes, desde los más brillantes hasta los más opacos. En la base aparecían además de la vegetación, pequeñas casas y fincas ornamentadas de jardines y cercos. De un gran tamaño flotaba en posición dinámica el dios Xixaraca con su cabello largo, lacio y negro, su maure, o cubre sexos, en la parte superior formado por chaquiras blancas y cañutos de oro. También se distinguía su lanza y una actitud viril y celeste con la que dominaba su reino y protegía a su tierra. No era posible pasar desapercibido ante aquella imagen y, mucho menos, ante el aroma del café que ya sorbía Marco con verdadero entusiasmo. Definitivamente, no era lo mismo observar la pintura colgada en el cuarto del contador frente a este gigantesco cuadro en honor al dios Xixaraca. Sin dudarlo, pediría a su anfitriona visitar mañana, la vereda más cercana para contemplar al Karambá, en su verdadera majestuosidad. Más allá, en una casa de campo, Alba Liz terminaba de ordenar la habitación donde se alojaría el esperado visitante. Humilde y acogedora era su casa, con un gran patio llenó de flores, algunos cafetales, una pequeña huerta y hasta un galpón con gallinas y jaulas con conejos. Su hijo de 11 años vivía con ella en la misma habitación. Los padres de Alba Liz también la acompañaban. Su madre le daba la bendición y la reemplazaba en la labor doméstica, mientras su hija acompañaba a su antiguo amigo de trabajo. No tardó mucho tiempo en estar al frente de Marco Antonio. Luego de un cálido, a la vez, tímido abrazo, los dos se reencontraron e intercambiaron las consabidas palabras y saludos usados en estas comunes circunstancias. No se habían visto desde hace tres años, el rostro de Alba Liz continuaba siempre lozano, con una transparencia en su semblante difícil de soportar para quien viniera hacia ella con abyectas intenciones. Sus ojos eran cafés intensos, suficientemente dulces, cejas amplias, piel canela, cabello liso y negruzco, nariz pequeña y labios anchos y finos. Marco Antonio estaba más torpe que de costumbre. No eran sólo los años transcurridos sino, principalmente, su escasa vida social. Su casa y su oficina los asumía como sus únicos espacios íntimos y familiares. A Alba Liz, no le incomodaba, casi que había echado de menos estos yerros, tan recurrentes en los días en que trabajaron juntos en “Químicos Lozano”. Como se acostumbra en estos casos, se les ocurrió hacer una infinidad de cosas, la mitad de ellas aplazadas por contar con tan poco tiempo. No obstante, esa tarde recorrerían las calles centrales del municipio, sus principales plazas; le enseñaría Alba Liz a Marco Antonio, los llamativos nombres de los cerros y relataría parte de la historia de Guacuma, a propósito de la visita realizada a la casa de la cultura. Nunca imaginó Marco Antonio tanta historia en este municipio, ni que existiera una extensión rural tan amplia. Pudo reconocer las evidencias de esa república independiente de los años cincuenta, la estampa y la ruana original de su líder insurrecto, y otra exclusiva pintura expuesta en un mural. Allí aparecía la diosa Michua sentada en el corazón del Karambá, en una especie de cueva iluminada. Mostraba los peldaños fabricados con bambú sobre los que ella descendía para cobijar no sólo la montaña, sino a todos los habitantes del pueblo. También se veían los quinchos protegiendo las primeras aldeas de los indígenas, coronando sus cercos con los cráneos de guerreros de las tribus enemigas; aún se vislumbraban las grandes urnas donde fabricaban la sal. Se escuchaba el viento silbar entre las oquedades vacías de ojos de los héroes sacrificados. A pesar de ser tan temerarios guerreros no pudieron vencer las cruces y rezos que domeñaron con tono español, su lengua umbra e hicieron alejar a “los hombres de sal” de sus animistas creencias. Vírgenes católicas, Jesucristos y Sagradas Familias reemplazaron los dioses Ansermas. Allí estaba retratado el fiero conquistador ibérico y los sacerdotes asesinando y convirtiendo al cristianismo tanto a nativos como a esclavos. Allí aparecían, también, algunos mineros sosteniendo en sus manos alzadas martillos y clavos; finalmente, al lado izquierdo de la base inferior, desaparecía el mural, con la gran violencia liberal – conservadora que azotó a Guacuma a mediados del siglo anterior. La fascinación que le empezaba a producir a Marco Antonio, todo lo relacionado con Guacuma, tenía que ver, sin lugar a dudas, con lo expuesto en las pinturas: sus dioses, su exuberante naturaleza, los ritos y tradiciones indígenas, su belleza sin par, su historia, sus violencias... por sobre todas ellas resaltaba aquel magnético e hipnótico cerro... le dominaba a su merced. No obstante, la hermosura de la imagen, también ocultaba una cruda verdad. Recordó a Rilke, en la primera Elegía, cuando proclamaba aquellas eternas líneas: “Lo bello no es más que el primer eslabón de lo terrible”. Abstraído en esta reflexión, no atendía a Alba Liz que lo invitaba a pernoctar en su casa, conocer a su familia. Después de un reiterado llamado de atención que lo desconcentró, le intentó decir a ella /otra torpeza más/ de una manera directa e imprudente: “que no se preocupara pues ya había separado una habitación en un hotel del centro”. Quedaron en verse por la noche, no sin antes prometerle la visita a su casa el día de mañana, apenas regresaran del paseo en la vereda asentada al pié del Karambá. Ya en la pieza del hotel, Marco Antonio tomó un pequeño descanso. Lo propio hacía Alba Liz en casa. Sin embargo, Marco a diferencia de Alba Liz no cerró los ojos, ni durmió un poco. Una inverosímil sensación se apoderaba de él, como si existiese una energía indescifrable en el entorno de Guacuma. Acostado en la pequeña cama, hacía un breve repaso de su visita. Le había llamado la atención como aparentemente se empezaba a componer, cual en una porcelana trisada, diversas dimensiones de su reciente vida: valiosas relaciones en su esfera laboral, un cuadro inefable presente en su cuarto, un sueño extraño con caleidoscopios y prismas, sucesos acaecidos entre Cartama y Guacuma, un cerro con poderes maravillosos. Esta asociación de ideas se recreaba con otras nuevas e inverosímiles: siluetas de dioses y diosas indígenas, antañas aldeas cercadas por guaduas y cabezas degolladas, conquistadores, bandoleros y pájaros entre soberbios paisajes... Sin darse cuenta, había pasado el par de horas pactado. De nuevo marchó hacia Xixaraca para encontrarse con Alba Liz. Allí decidieron donde charlar a ritmo de la música de la tierra y una fría cerveza. Estaban en una de las cafeterías de las más tradicionales del casco urbano. Todos reconocían al legendario dueño: un olvidado personaje nacional. Resulta que el concejal más antiguo de la Colombia reciente, fue oriundo de Guacuma, al retirarse se había dedicado a atender este especial local, lleno de madera fina, con su propia marca de café. Antes de pedir la cerveza, a Marco Antonio le llamó la atención que la taza tenía el nombre y el logo de una de las compañías mineras transnacionales que hacía presencia en la zona; desde ese momento se tejió entre Alba Liz y Marco Antonio una inusual conversación: --- ¿Le gustó el café Marco? --- Como no, Alba Liz, al igual que el café de Xixaraca. --- Tendrá que probar otras marcas, aquí somos especialistas en nuestro producto nacional. No estaría de más que bebiera nuestro tradicional guarapo. --- Umm, suena bien rico, Alba Liz: ¡Será otro de nuestros planes para mañana! ¿Me decías algo sobre el dueño del local? --- Ah, sí, don “Cachaco”, el concejal más viejo de Colombia que nos abandonó del todo ahorita, en junio. Fue uno de los retenidos en “la Pesca Milagrosa” del gobierno. --- ¿”Pesca Milagrosa” del gobierno?, ¿a qué te refieres Alba Liz? --- ¿No lo recuerda Marco?, pues a la famosa “Operación Libertad” cuando en tiempos de la fiscalía del ahora “dignísimo” Senador aterrizaron, los Black Hawk y retuvieron más de 110 personas en Guacuma, dizque por ser auxiliares de la guerrilla. --- Ah, tienes razón, algo empiezo a recordar: ¿fue en Guacuma? --- Sí, Pues resulta que desde el Alcalde, hasta el “Cachaco”, y conocidas personas del municipio cayeron en esa masiva captura del gobierno; incluso hicieron una relato periodístico y algunos documentales al respecto. Como te parece el atropello Marco Antonio: ¡hasta a un invidente lo enjuiciaron por ser experto en explosivos! Pobre José de los Santos, no le hacía mal a nadie, se mantenía ahí, en la esquina de la plaza vendiendo plátanos. --- Pero duraron poco tiempo retenidos, ¿no es cierto? --- Veintidós meses, Marco, algunos murieron en prisión, ¡imagínese el dolor de las familias! Es una situación aún no superada por muchos lugareños. Además fue apenas en el 2003. --- Lo siento, no lo sabía... Pasemos a otros temas más amables, Alba Liz, ¿cómo va la escuela? --- Ah, muy bien, muy contenta. Ya voy para el cuarto año haciendo lo que realmente amo. Los niños cada vez son más y, a pesar, del trabajo que dan, no podría entender ahora mi vida sin ellos. Además, usted no sabe como el campo se presta para enseñarlo todo. Los libros sólo son el abreboca: si necesitan contar, pues tomamos piedrecitas y palitos; si la clase es de biología pues recolectan y clasifican hojas, no sólo con el nombre científico, me interesa sobre todo nuestros nombres tradicionales. Si vieras que una niñita de tan sólo 7 años recolectó una cantidad de besitos, los contó y sumó trece; al otro día, no sé todavía cómo hizo, llegó toda orgullosa con su “collar de sumas” como ella le decía. Después, tampoco sé como haría, se quitó cinco e hizo una “pulsera de restas” para regalarle a su mejor amiguita. --- Oye ¡Qué lindo, Alba Liz! --- ¡Ah! y eso no es nada, pues imagínese Marco que después de aplaudirla todo el salón, nos dijo que quería rápido aprender a multiplicar para regalarle flores a todas y a todos. A mí me dio un anillo, con dos besitos, uno con la flor, y el otro con su boquita, todavía intento conservarlo en mi cuaderno de calificaciones. Esa noche tuve un sueño tan bonito…: veía el jardín de mi casa que crecía y crecía, hasta que vistió de rojo carmesí toda la escuela. También veía desde la puerta principal como sobre cada corolita, mis niñitos florecían... después miré allá arriba a mi estudiante de 7 añitos cargando no una varita, sino un cafetico hechizado, lleno de pétalos encantados... Así hablaban, de la insaciable vocación de la maestra de escuela, de sus experiencias, anécdotas y del abanico, de trucos pedagógicos que- junto con la naturaleza- ayudaban a preparar cada clase. Después de una hora de extasiarse ambos en el diálogo, quienes estaban en el café-bar del “Cachaco”, fueron a mirar lo que sucedía afuera. Era muy raro, el único ruido eran sólo los parlantes de los diferentes negocios en torno a la plaza. Por respeto se apagaron, un momento, y, al igual que los demás, Alba Liz y Marco Antonio se detuvieron a observar: En silencio una treintena de hombres y de mujeres marchaban por las calles principales del casco urbano de Guacuma. Portaban antorchas y pancartas de diversos tamaños. Era una manifestación contra el olvido, sobre los hechos ocurridos en las veredas entre los años 2002 al 2005. Era una recuperación simbólica en una noche de luces para familias que fueron víctimas de la violencia por aquel entonces. Las personas eran saludadas con mucho respeto y de manera grave y ritual. No existía un mensaje diferente a lo que se podía leer en las pancartas. Era la segunda vez, después del diciembre del año pasado, que ocurría en Guacuma. Aquella vez había surgido de la iniciativa de un grupo de investigación de la Universidad Pública regional; ahora, me decía Alba Liz, nacía de la unión de aquellas familias. Duró más o menos 15 minutos la parada en la plaza principal. Luego varios de los habitantes acompañaron el cortejo en muestra de solidaridad. Alba Liz estuvo como todos muy callada yéndose a caminar con ellos, portando un estandarte, a la vista del asombrado visitante. La situación lo dijo todo. Fue la mejor palabra de despedida. Se dieron un abrazo y quedaron de verse mañana, muy temprano, para ir a conocer de frente el majestuoso Karambá. Antes de dormir, vencido ahora sí, por el cansancio, Marco Antonio sólo atinó a recordar completa la peculiar oración de la Elegía: “Pues lo bello no es más que el primer eslabón de lo terrible, pero así lo admiramos, porque a pesar de todo, rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible”

  • CAPÍTULO X

    Por fin Leandra había recibido el mensaje electrónico que esperaba. Era de su antiguo profesor de la Maestría. Luego del saludo y la justificación por su tardanza, le había dicho que prefería hablar personalmente con ella, o en su defecto, por skype. Lo exigía el valor de su solicitud. De inmediato, siendo sábado Leandra aprovechó para concertar este mismo día la cita. Su sorpresa fue encontrarlo activo en la red y tener la oportunidad de intercambiar ideas por medio de esta vía electrónica. Al otro lado de su pantalla, se observaba a Ismael Obando, un antropólogo de mediana edad, con quien ella había familiarizado a pesar de no trabajar con él directamente la tesis. --- Gracias por la confianza, Leandra. Espero que mi opinión sea pertinente, obviamente toma de mi posición lo que consideres significativo, ni mucho menos, intento convencerte; pero si voy a ser muy franco en mi respuesta. Por eso quiero preguntarte directamente Leandra, explícame bien, ¿qué tema deseas trabajar? --- Valoro mucho tu contribución, Ismael. Sé lo ocupado que mantienes y para mí tu consejo es supremamente valioso. Ismael, debes recordar los intereses académicos que me llevaron a hacer el posgrado en tu programa. Había estudiado historia, inclinada en la cultura andina, y estaba realmente comprometida con la Línea de Investigación en Arqueología y Ecología Histórica, pensando en encaminar hacia allí mi tesis de grado. Sin embargo, comencé a comprender mejor lo que ofrecía el programa. Cuando menos me di cuenta, ya estaba poniendo en diálogo mis conocimientos históricos con aspectos antropológicos, no solamente presentes en los vestigios arqueológicos, o en las huellas culturales de nuestros suelos y relieves. Para mí, comprender las culturas como textos, con su valor simbólico, a la vez, ser muy fiel a sus tradiciones fue un aspecto iluminante y por eso resolví, finalmente, hacer una inserción en campo, con la cultura Barí, cuando analicé con ellos sus formas de parentesco. El proyecto me enriqueció mucho, me dejó muy contenta, realmente pude hacer un trabajo antropológico; siento, a pesar de todo, que quede muy en deuda con un conocimiento más certero de la realidad, pues mi trabajo de campo, fue corto y con intervalos; sin profundizar en algunos elementos como pretendía desde el comienzo. Deseo continuar orientándome por este camino, explorar los aspectos simbólicos de nuestras raíces precolombinas; me entusiasma interpretar las culturas tradicionales, el valor de la tierra, del territorio, desde las cosmologías indígenas. El lugar más pertinente para desarrollar mi trabajo, no puede ser distinto a mi región, y por eso quiero indagar en el patrimonio histórico y cultural de los Quimbayas; un par de siglos después de la llegada de los españoles, justo en ese tránsito entre la conquista y la colonia. Ismael escuchaba en silencio, y no se denotaba por su quietud, algún síntoma de escepticismo o complacencia. Sólo acató a preguntar haciéndose un tanto el distraído... --- Entiendo tu interés, Leandra, en el patrimonio cultural de la región; ¿por qué te interesa justo el lapso de tiempo entre la conquista y la colonia? Durante unos siete minutos Leandra esbozó diversas opiniones y datos. Ninguna de ellos dejó satisfecho a su interlocutor. Se repetían los argumentos sin ofrecer la razón que el profesor requería. Por eso, al abandonar la palabra, Ismael se atrevió finalmente a inquirir: --- Te veo muy clara en tus intenciones, ¿qué consejo solicitas de mí? Me habías escrito que deseabas trabajar la concepción simbólica de la tierra en algún -o algunos- estudios de caso de tu región. Me dabas a entender, y por eso era tan importante hablar contigo, que alguna razón en especial te llevaba a hacerme la consulta. ¿Cuál es esa razón especial, entonces?.. Como si estuviese preparada, a la vez incomoda con esta pregunta, de la boca de Leandra salieron las más calculadas palabras de toda esta conversación virtual. --- Lo que te voy a preguntar, Ismael, trasciende el plano académico. Te pido una muy honesta respuesta pues existen momentos, como este, en que uno necesita escuchar y sobre todo “sentir” al amigo, por encima de un sabio consejero académico. Nunca tuvimos el tiempo para comprender porque nos alejamos tanto cuando comencé mi propuesta de investigación de grado. Yo te había visualizado como un asesor de primera línea, como lo sentí en mis trabajos de metodología de investigación; mas, esa imagen se esfumó en el parco interés que mostraste con mi tema de grado. He intentado encontrar motivos y hasta se me ocurrió pensar alguna rivalidad con el colega profesor que orientó mi trabajo; pero era una razón equivocada, todo el mundo lo reconoce como tu mejor amigo. ¿Sabes, Ismael? Hasta estas semanas de silencio y espera ante la pantalla del computador, todo me hacía pensar, incluso, que había perdido tu amistad; no sé si lo sabes, es una relación de las que más me vanaglorio en mí tiempo vivido en Bogotá. La expresión de Ismael fue, poco a poco, cambiando mientras Leandra musitaba sus palabras; su rígida estampa se fue desmoronando y un brillo que no salía de la pantalla, no más de sus ojos, le hizo revelarle, la respuesta que esperaba: --- Leandra, en verdad mereces una explicación. Durante mucho tiempo la etnografía de los pueblos fue para mí una completa devoción: narrar los mitos... vivenciarlos... enriquecerse con las explicaciones de los nativos; intentar hacer ciencia en compañía con el arte... escribir y describir, enamorarse de un ritual ancestral, aún de un vestido milenario, para mí fue prenda de seguridad, de libertad, de hallazgos de un sentido profundo por fin revelado... Al igual que Levy Strauss sentía unas estructuras de representación comunes cuando hacía mis trabajos de campo, y zurcía las explicaciones de tantos tejidos de sentido con las mismas agujas de mis humildes y sabios “informantes”. Era casi convivir con un mundo platónico, donde la idea de perfección y de belleza afloraba en los mundos cotidianos, con los que se acostumbran a vivir los antropólogos... No obstante, apreciada Leandra, no sé como explicármelo, mucho menos explicártelo, lo que creía “lo real- maravilloso”, se fue cada vez más volviéndose multiforme, inquieto , desordenado, sentía que estaba construyendo un mundo idílico cerrado, y que mi inseguridad se venía protegiendo con los subterfugios de mis idealizaciones culturales... La realidad empezó a ser más fuerte, lo que antes aparecía bello fue cubriéndose de atmósferas plomizas, quien estaba junto a mí, era un sabio, un gran “informante”, pero su mundo nativo había cambiado... el paraíso empezaba a destacar fisuras que yo no había presenciado, y para las que no tenía respuesta o alternativa, como antropólogo, como etnógrafo, o como humano... me es ya imposible, Leandra, irme a investigar con la actitud de antes, pensar en lo simbólico si no se escruta hasta el fango más ensangrentado, pensar el dolor si no está cubierto aunque sea con una leve patina de alegría, pensar en lo celeste si no está agazapada dentro de sí la más sublime oscuridad... Me cuesta considerar, comprende, propuestas de investigación como la tuya; esta consciencia la comencé a adquirir justo a partir de una vivencia de campo, en los días en que iniciabas tu proyecto... !El contexto nos desborda! querida Leandra y las capillas artificiales de la academia, muestran a pesar de sus gigantesco modelos, sus inmensos limites para tocar el cielo y confundirse con la tierra. En el territorio de los Barí también se ha manifestado lo inexorable del contexto nacional, y esa entre comillas “variable” no se puede soslayar en ningún “simbólico” proyecto. Una pequeña perla húmeda afloró en el iris de Leandra. Le habían realmente tocado las palabras de Ismael, su tan admirado docente. De un modo indirecto tenía el deja vu de ya haberlas escuchado de pronto con otro lenguaje, con los únicos signos que incrustan inefables acontecimientos... --- Disculpa, Ismael, es sólo el sentimiento de recuerdos imborrables no liberados. Veo la silueta de Manuel, el cacique Barí, que se alejaba en silencio; justo el día señalado para llevar a cabo con él y con su esposa, el último fragmento de su historia de vida. Algo había pasado o iba a pasar con su territorio y comunidad, siento que me dijo con la silueta fugaz de su partida, las razones que me acabas de explicar; sin darme cuenta, Ismael, me acaba de suceder el mismo lenguaje, descendió muy lentamente una lagrima por mí mejilla derecha, mientras esta se cubría de un pudoroso rosado que intentaba ocultar mi gran vergüenza… es algo que he callado por mucho tiempo Ismael, ahora te lo confieso, así espontáneamente sin haberlo esperado; te comprendo Ismael y créeme: quiero continuar bajo una humilde condición de escucha... --- Al contrario, Leandra, no tienes por qué disculparte, agradezco mucho tu confidencia. Lo que te acabo de comentar tampoco, créeme, lo he compartido: lo inquiriste de corazón y no merecías una respuesta diferente. A mis compañeros académicos para qué mencionárselo, están tan ocupados escribiendo y publicando como locos... siento que se ha aparecido un verdadero vacío en mi ambición intelectual y este sosiego no podría llenarse sino a partir de cierto servicio y sacrificio. A propósito de ello, te comparto el siguiente párrafo que encontré la noche anterior en una de mis lecturas: “Alguien se halla en una buhardilla, dedicado a un sutil trabajo de investigación, y de pronto nota que en la parte de abajo del edificio ha debido estallar un incendio. No se parará a pensar si lo que está ocurriendo y la forma de remediarlo son cosas de su incumbencia o no, o si obraría mejor continuando su trabajo y pasando su sinopsis o lo que fuere, sencillamente, bajará a todo correr y tratará de salvar la casa. Del mismo modo me hallo yo en uno de los pisos más altos de nuestro edificio castalio, ocupado en el juego de los abalorios, trabajando con instrumentos verdaderamente delicados y sensibles; de pronto, algo –-el instinto, o simplemente la nariz -- me avisa, me advierte, que hay cerca un fuego que amenaza y pone en peligro toda nuestra morada, y me dice que en este momento no debo analizar una partitura o discriminar reglas de juego, sino correr en seguida hacia el sitio donde se divisa el humo” --- Lo escribía Hermann Hesse en 1943, parábola puesta en boca de su protagonista que traduce “el Servidor”. Lo que está en fuego Leandra es la tierra con sus irremplazables culturas, y nuestro edificio es Colombia. ¿Cómo entonces destinar nuestras ambiciones a los abalorios de nuestras preocupaciones académicas invocadas sin ningún compromiso con su medio real? se me podrá objetar: “pero es que así ha sido siempre”; pero no Leandra, la gran escala de nuestros impactos ambientales, tal vez como nunca se ha manifestado; no es gratuito que hoy en día se hable del cambio climático global y hasta de nuevas e impredecibles eras geológicas inauguradas por el desarrollo moderno de nuestras sociedades. En próximo días Leandra, realizaré con mi grupo de investigación un seminario sobre el tema aquí en Bogotá, deseo invitarte y compartir cara a cara impresiones al respecto... Los dos se agradecieron de nuevo de manera muy sentida, se volvieron a disculpar; si hubieran estado presentes se hubiesen seguramente dado un largo abrazo. Salieron de la página, se desconectaron... apagaron el computador... reposaron. Ambos, sin dudarlo, apreciaban la extraña casualidad y el poder contradictorio de estas nuevas tecnologías: nos alejan, y, a la vez, al mismo tiempo... tanto nos acercan...

  • CAPÍTULO XI

    Marco Antonio estaba sentado disfrutando un sencillo desayuno en una panadería localizada justo al frente donde los Carpati recogían a quienes viven, laboran o visitan algunas de las veredas del noreste del municipio de Guacuma. Con Alba Liz y su hijo se dirigiría hacia la vereda que los colombianos se empecinaban en llamar “Batero” como si intentasen robar con ese nombre, el vocablo indígena del cerro; Sin borrar -por fortuna- su nombre originario, “Karambá” continuaba patente en los documentos históricos, como en la memoria cultural de la región. Un gigante campero llegó entonces. La cara de desilusión de Marco Antonio fue grande pues ya estaban todos los puestos ocupados; Alba Liz, en cambio, le tomó naturalmente de la mano y aún -sin saber cómo- se encontraron los tres estrechamente sentados, al lado de otros 6 o 7 pasajeros, sobre el techo del particular vehículo de trocha. Paisajes de caña, café, plátano y frutales convergían en una ruta hecha de curvas y caminos despejados. Si bien el Carpati no transcurría muy rápido, Marco Antonio tenía a ratos la impresión de irse de espaldas o hacia adelante en cualquier momento. La imagen, a su lado, del juego del hijo de Alba Liz con un colorido origami, o de un bebe durmiendo sobre el hombro de su madre en el puesto de abajo, generaba al visitante una fuerte impresión mezclada de temor, sorpresa y confianza. Casi a la hora llegaron al punto indicado. Los recibió un pequeño caserío donde destacaba una cancha de baloncesto y una pequeña tienda de abastos. El Karambá estaba en frente... en toda su colosal dimensión. De inmediato sintió el impulso de aceptar el desafío e intentar encumbrarlo; mas no era el momento, ni el sitio recomendado para tal osadía. Se contentaría, entonces, con no parar de apreciarlo, de maravillarse ante tan imponente presencia, tomar algunas fotos y hasta un pequeño video. Al dirigirse a la tienda entablaron con quien la atendía una corta conversación. El tendero era miembro del único resguardo indígena que hacía parte de la zona, la jurisdicción tradicional del cerro aún la disputaban con otras dos parcialidades indígenas. Estas tres organizaciones tenían disparidades históricas irrenunciables, así, muchas veces, tuviesen que mostrarse muy unidas ante la regencias de turno del municipio y el departamento. Para dos de los grupos indígenas, su origen era Embera y llegaron del Norte a ocupar los territorios de Guacuma; la tercera organización se reconocía Anserma y originaria de la zona; inclusive, se atribuía un lenguaje propio, el Umbra, fuente original de los dioses tutelares. No estaba claro entonces el sincretismo entre el legado Embera y Anserma pues Xixaraca y Michua, convergían junto con Karagaví y otras creencias, sin mencionar algunas costumbres cristianas. En momentos, Marco Antonio, percibía mayor conocimiento y acervo en las palabras de Alba Liz, a pesar de su tradición campesina. ¡Cuál complejo sería entender la cultura en Guacuma!, pensaba entre tanto, siendo consciente del ignorante desarraigo, a la vez, de la soberbia, de quienes se llamaban expertos en dichos temas; con la irresponsabilidad de sentenciarlo todo desde la ciudad. Casualmente, el gobernador del Cabildo Embera Karambá estaba en la zona. Presto a iniciar una asamblea general. Al saludar observó incómodo la cámara fotográfica que portaba Marco, por lo cual instó a una justificación o explicación al dueño del local. Todo era completamente extraño para el visitante. Murmuraron algo entre ellos: en secreto para los extraños. Tras estar conforme, el gobernador con sus acompañantes se despidieron en una especie de indiferencia y dignidad; inusual comportamiento para quienes se encuentran con comunidades indígenas por vez primera. El tendero llamó aparte a Alba Liz y le hizo una serie de cortas preguntas. Alba Liz movía negativamente la cabeza. Después de dos minutos, estaba nuevamente reunida con su visita. --- ¿Qué pasó Alba Liz? ¿Algún problema? --- No te preocupes Marco Antonio, sólo querían saber si ibas a realizar alguna producción audiovisual o algo parecido con el cerro. --- ¿Y por qué? ¿Acaso es prohibido? --- Prohibido no lo es, Marco Antonio, pero las creencias de los pueblos indígenas exigen cierto nivel de cuidado y respeto hacia sus lugares sagrados. Por ejemplo, si estuviéramos interesados en registrar unas imágenes, lo más prudente sería pedir ante su Jaibaná un permiso y, si es necesario, someternos a una “limpia”. --- Ahora no estoy entendiendo nada: ¿un permiso y una “limpia”? --- Como lo escuchas. En ese momento Diego, el hijo de Alba Liz, comenzó a pedirle a la mamá que lo llevará a una “limpia”. Le había gustado mucho cuando fue al paseo de la escuela a conocer la herradura rupestre en el municipio vecino: --- Sí, mamá, yo quiero una “limpia”, me gustaron el sonido de los cascabeles y sentir el humo en la cara… --- Ahora si no estoy entendiendo nada, reflexionaba Marco. --- Lo que pasa, Marco Antonio, es que los Jaibanás, los médicos espirituales de los Embera, le deben preguntar a sus Jais, espíritus y dioses, si un extraño puede transitar sobre sus lugares sagrados. Para ello, algunas veces los Jaibanás hacen sus canticos y rezos, beben una vineta y fuman tabaco. Lo hacen también con las personas que solicitan el permiso; quienes deben atender el ritual e, incluso, participan en la ceremonia. Se realiza todo, en completo silencio. Finalmente se obedece las recomendaciones de los Jais señaladas en las palabras del Jaibaná. --- ¿Y cuáles son las recomendaciones más normales? --- Depende, Marco. A veces es sólo el cuidado de la naturaleza e incluso evitar tomar fotografías. También el Jaibaná puede decidir que un grupo o una persona, no tenga el permiso para visitar algún lugar sagrado. --- ¿Y en qué se basan para hacer dicha recomendación? --- Tal vez nosotros no nos damos cuenta porque somos foráneos; pero cargamos, y más tú que vienes de la ciudad, una energía muy “pesada”. Un Jaibaná conoce la importancia del equilibrio entre la naturaleza y nosotros. Sin estar preparados y sin un respeto mínimo, no podemos llegar de un momento a otro a romper su armonía. Este impacto pueda generar efectos dañinos tanto en la naturaleza como en su comunidad; y nosotros no podemos entrar así muy orondos a causarles problemas con sus espíritus. --- Definitivamente es otro mundo, Alba Liz. --- Sí, ellas eran las culturas que habitaban y cuidaban estos territorios antes de que llegáramos nosotros, Marco Antonio. Imagínate si en tiempo de la conquista Xixaraca y Michua se retiraron llorando de Guacuma, ahora qué pensarían si encontrarán las cosas tal como están... El último comentario los llevaría a pensar sobre la inesperada situación vivida la noche anterior. Algo había pasado en Guacuma, algo que Marco Antonio aún desconocía: una herida aún abierta para los residentes. ¿Cómo explicar que las tabernas y locales nocturnos de un municipio colombiano apaguen su música por respeto a una marcha nocturna? También había llamado profundamente la atención el cambio repentino del comportamiento de Alba Liz. Como una autómata empezó a caminar junto al corrillo ayudando a sostener alguna de las pancartas; sin pedir permiso ni encontrar entre quienes portaban tales reclamos la menor resistencia. La mirada de Alba Liz sentenciaba algo muy profundo, como ningún otro momento. El invitado se había sentido rodeado, en un suspiro, literalmente hablando, en medio de ese grupo de personas que desconocía. Cual si Alba Liz hubiese pensado en lo mismo, los hospedó un largo silencio... después de un rato la cotidianidad salvó el momento; cuando Diego pidió a su mamá que lo dejará jugar baloncesto junto a otros niños. La conversación versaba, entonces, sobre la mejor hora para ir a almorzar, la gastronomía de la región y los horarios del transporte de regreso. A las 5:00 de la tarde, Marco Antonio tomaba su microbús. Retornaría cansado, no encendería la televisión, ni la radio, reflexionaría un momento, sin ordenar sus ideas, y después estaría listo para recibir cada uno de sus inesperados sueños. Uno de los numerosos sueños, quizás el más nítido, mostraba a Marco Antonio solo, escalando el cerro Karambá, sin una ruta fija; al contrario, pareciera caminar sobre el verde, muchas veces, cayendo en pequeños abismos o, incluso, volando sobre ellos. En un momento, se detuvo, justo al pié del famoso “Pico de Águila”. Observó la alta y fragosa piedra, también la frágil y peligrosa escalera de metal que lo llevaría a la cima. Sentía lo huracanado del viento. Temía algún tornado que lo lanzara al vacio. Sin pensarlo dos veces, posó el primero después el segundo paso en la estrecha escalera; sin soltarse y tratando de dominar con su presteza, aquel viento que intentaba al verde devolverlo. No sin bastante esfuerzo, escaló finalmente la cima. Allí sus ojos ahora, mucho más, se deslumbraron: la cima estaba nimbada por una laguna celeste, desapercibida para quien no se encontrase allá arriba. La laguna lo llamaba, el sudor había invadido su rostro y su pecho, brazadas sobre el azul empezaban a teñir de un rosado minúsculo humano el esplendor de la laguna. Mientras nadada iba abriendo espacio con sus brazos a los primeros recuerdos que a su vida acompañaban: momentos placidos con sus padres y hermanos, manjares algunas veces probados y rechazados, hasta sus más queridos juegos con su recordada mascota de la infancia. Quien lo hubiese visto en ese instante dormido, hubiese advertido una sincera sonrisa sin estar sostenida por ningún alfiler en la comisura de los labios... hubiera escuchado ,de vez en cuando, un jadeo surgido de una felicidad completamente distante ante cualquier signo de agotamiento después de una larga jornada. Sin embargo, en algún momento, las orbitas de sus ojos se empezaron a mover impacientes, su cabeza también los imitó, los labios retornaron a la posición acostumbrada; mientras las sensaciones del sueño lo sumían en unas aguas más profundas donde la claridad desaparecía: sólo espectros iridiscentes iluminaban su descenso. Estas siluetas brillantes angustiaban el sueño de Marco. Le impedían permanecer completamente abatido por la oscuridad; pero al no saber al final qué delineaban, lo llenaban de pavor mientras más se le acercaban. Parecían macabras estelas queriendo tomar forma mientras se hundía con ellas... le parecían, empero, imágenes fantasmagóricas de personas y situaciones milenarias desconocidas, otras figuras en el presente le acompañaban… sintió en algún instante un perfume mezclado de diversos licores y esencias de fango... Su biblioteca se encontraba desvencijada y oxidada al fondo de la laguna donde él ya había caído vencido tras el forcejeo contra tantas imágenes frustradas y desesperadas...las orbitas de sus ojos se detuvieron, lo propio su cabeza, de nuevo el sueño tenía claridad: un rostro ancestral con un cabello largo lo reanimaba, sostenía a Marco sobre sus fortísimos brazos, a la espalda de aquel aparecía una hermosísima mujer indígena ¡Cual jamás nadie hubiese visto!: con una diadema de oro, un resplandor dorado como aurea, con una venadillo a sus pies. Ella lo observaba llena de El llanto pareciera estar tatuado en sus mejillas... Finalmente aquellas dos figuras de tamaño mayor al natural, lo colocaron muy cerca a la escalera de descenso para después, poco a poco, irse alejando al sumergirse en el centro de la laguna celeste, mientras lo miraban despertar... Así fue... despertó... completamente bañado en sudor, ni de luz celeste o de pantano. Con la imagen de aquellos dos rostros fantásticos observados, y con un agradecimiento infinito, se encontraba de nuevo en su cuarto, pintado de blanco.

  • CAPÍTULO XII

    130 asesinatos deslumbraron la ciudad de las luces una noche de noviembre. Había sido la noticia mundial que despediría lacónica y estruendosamente el año 2015. Occidente renombraba, otra vez, por tantas veces, un enemigo universal: contra extrañas siglas se declaraba ahora la guerra, como si no hubiese comenzado en tierras santas árabes y cristianas, desde hace ya tantas décadas. La historia oficial hablaba de unas revoluciones pacíficas que se habían despertado primero en el norte de África y luego en Oriente Medio. Con el nombre de una estación del año, el hemisferio norte nominaba extrañas resistencias políticas en diversos países. Dicha primavera habría acabado con los longevos gobiernos de “rígidas dictaduras” haciendo florecer la libertad en pos de una democracia añorada. Occidente les daba la bienvenida a estas numerosas revueltas al apoyar la condena, la prisión e, incluso, la muerte para aquellos líderes autoritarios. Sin embargo, todo se hizo más difícil en el corazón del Medio Oriente. El Dictador no fue derrocado a pesar de una guerra directa contra una coalición espuria de cuarenta países. Más de un movimiento armado y más de un ejército mercenario, rivalizaban abiertamente contra los vejámenes de la infame dinastía. Occidente, con ayuda de los grandes jeques saudíes y qataríes, había tomado partido en defensa de sus intereses; lo repetían los medios, las decisiones y acciones del tratado del Atlántico Norte que calculaban apoderarse por la fuerza de los territorios del país; cercenar, a la vez, una comunidad minoritaria del Islam, defender los intereses de la confesión musulmana mayoritaria, y abrir las fronteras desde Turquía a unas fuerzas oscuras que vendían a occidente petróleo sangriento y obras de arte robadas del patrimonio nacional y de la humanidad, a muy bajo costo. Lo anterior con la presión internacional para conquistar las ciudades puerto desde donde se pensaba suplir el gas requerido por Europa. La producción y la comercialización rusa de este recurso natural indispensable, incomodaba a sus vecinos. De 470.000 muertos en el conflicto hablaba el gobierno Sirio, tres meses después de iniciado el año 2016. Un millón de migrantes habían atravesado las fronteras europeas superando, en un cincuenta por ciento, las tentativas de la Canciller alemana. Ante ese furor nacionalista, no faltaba quienes señalaran este cierre de fronteras como la actual metáfora que presagiaría la disolución del espacio Schengen: Desde el cambio climático, hasta las guerras en Siria, Somalia, Afganistán e Irak desnudaban al mundo tan lamentable panorama. Los execrables fachismos reaparecían en países como Polonia, Dinamarca, Hungría, Suecia, Macedonia, Austria, la misma Alemania. Se revivía sin pensarlo un fantasma que ya había sepultado Europa a mediados del siglo anterior. América Latina confrontaba cambios inusitados. La ola socialista que acompañó a la mayoría de Estados Suramericanos declinaba, también, ante un clamor nacionalista de corte liberal. La Elección del nuevo Presidente Argentino, las manifestaciones contra la corrupción del partido que llevó el poder a la Presidencia Brasilera, la posible recuperación del Parlamento por parte de la oposición venezolana, los acercamientos políticos entre Cuba y los Estados Unidos, el Pacto del Pacífico entre Colombia, México, Chile y Perú; todo pareciera encauzarse hacía un determinado modelo económico donde el auge del mercado transnacional, con sus corporaciones, iba a determinar el futuro de las naciones... donde, las aspiraciones de los mercados internos y externos cooptaban a mayor ritmo y a su capricho el papel de los Estados, donde, políticamente, las ambiciones de izquierda parecían perder, de nuevo, su lugar en el mundo. Tan sólo Bolivia y Ecuador mantenían en sus cartas constitucionales las aspiraciones hacia un socialismo andino con el protagonismo de la Naturaleza. Con el nombre de la “Pachamama” y con el principio del “Buen Vivir”, defendían su tradición y sus anhelos hacia un futuro alternativo. Sin embargo, ante inexcusables contradicciones, su modelo económico también dependía, cada vez más, de la extracción de los recursos naturales. Tipnis y Yasuni eran sus conflictos patentes. Los gobiernos lo hacían, decían, para garantizar el desarrollo soberano de sus propuestas políticas; pero, ni aún, la tierra podría invocar las constituciones para comprender, y defender, sus ecosistemas y sus gentes. Uruguay enfrentaba una preocupación parecida. Como para completar el panorama, se empezaba a respirar dos grandes temores a causa de las estrategias de hegemonía mundial: Un gran tratado entre América del Norte y el Viejo Continente, además, del protagonismo en las encuestas de un extremista republicano para la presidencia de Estados Unidos. En esta atmósfera de paranoia global, de retoma liberal del mundo, de seguridad a ultranza por sobre derechos y responsabilidades, de guerra declarada de Occidente ante fuerzas radicales del Islam, de desaparición paulatina del socialismo en Latinoamérica, de recelo frente a la posición de Rusia como máximo protector de sus aliados en Medio Oriente… sí, en este delicado ambiente global, se venía configurando un peligroso contexto tildado, por algunos, como la chagra expedita para el cultivo de una tercera guerra mundial. Colombia, como siempre, con su permanente paradoja: por un lado la necesidad de la élite política social y económica de integrar y expandir sus mercados con tratados transfronterizos; pero, por otro lado, con el mayor desconocimiento de los graves acontecimientos mundiales. La información oficial nos continuaba recluyendo en una mirada interna de los acontecimientos. El país parecía ser lo único importante, se observaba en la minúscula información extranacional emitida por los noticieros y diarios. Un sesgo occidental tenía, además, cada noticia; los maniqueísmos continuaban imperando, y la indirecta industria cultural de los programas de opinión, novelas y seriados, dominaban el ánimo y el pensamiento de esa tensión que destilaban los amigos y enemigos de la Paz. Por lo demás, un proceso del que el colombiano en común se sentía un tanto desinformado y excluido. En la base, los movimientos sociales continuaban defendiendo sus territorios. Con temor algunos, invisibles para tantos otros, con una lucha frontal contra viejas y nuevas amenazas, proseguían silenciadas sus inmarcesibles reclamos donde el bien no terminaba de germinar. Mientras tanto, el país visible presentaba sus proyectos de infraestructura “cada vez más competitivos”, sus ofertas democráticas de movilidad social, la “consolidación de un Estado Social de Derecho”, una esperanza de “Buen Gobierno”, donde la transformación del campo y el crecimiento verde irían a catapultar, por fin, la nación hacia el tan esperado desarrollo en el siglo XXI... Por semanas, el viernes negro colmó la máxima atención. Un peregrinaje diplomático por tres continentes acompañó la respuesta oficial del gobierno francés. A diario se mostraban imágenes de solidaridad que acompasaban el ritmo frenético de unas fuerzas especiales en búsqueda de los responsables de dicha masacre. La guerra ahora llamada hibrida arreciaba... al igual que otros atentados indirectos en el corazón de África y en Estambul. La presión por reconquistar los tres cuartos de los territorios perdidos en Siria, sin aparecer en medios occidentales, acompasaba las difíciles victorias de rusos, libaneses, iraníes y las fuerzas militares del gobierno regente. La lucha por los territorios con sus recursos al orden del día. No sólo el espíritu motivaba la guerra llevada a cabo por los países y las siglas del islamismo radical o del Tratado del Atlántico Norte. Era una muestra más, entre tantas que han pasado e irían a pasar, de un tal vez y un quizás desesperados; subrepticiamente el tiempo de los poderosos permanecía invocando sus minuetos, minuetos que, por lo demás, se eternizaban bajo el temblor del vacío, ante el fragor de las batallas. Sin cortes, sin esperas ante el tañir de las campanas, la siempre irrisoria condición humana, continuaba arrastrando un deseo que no podía comprender, intereses sin madurar, pasiones por contener ... ni la historia ni la memoria, habían sido suficientes para atemperar sus proyectos, para escrutar la barca fúnebre que aparecía y se desaparecía entre sus océanos, para rescatar los catalejos que lo podrían llevar un poco más allá de sus mezquinas fortunas. Petróleo y gas, así culminó la principal preocupación del siglo XX... así continuaría dominando la geopolítica del siglo por venir: Cada vez las riquezas del subsuelo decidirán la suerte, el futuro y el presente de quienes, aún, pisasen la tierra.

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